Mankeeping

Mankeeping es un neologismo anglófono construido a partir de man (hombre) y keeping (mantener, sostener). Este término fue acuñado por Angelica Puzio Ferrara y designa el conjunto de tareas materiales, emocionales, logísticas y simbólicas que las mujeres realizamos para sostener la vida cotidiana de los hombres, garantizar su bienestar y facilitar su funcionamiento en el mundo, a costa de nuestro propio tiempo, energía y desarrollo.

El mankeeping consiste en cuidar, organizar, anticipar, recordar, suavizar, justificar y arreglar la vida de los hombres, muchas veces sin reconocimiento, sin reciprocidad y sin que ellos sean siquiera conscientes de ello. Incluye desde tareas visibles como cocinar, limpiar o gestionar citas médicas, hasta un enorme volumen de trabajo invisible: regular emociones masculinas, evitar conflictos, rebajar tensiones, proteger reputaciones, recordar cumpleaños, explicar normas sociales básicas o amortiguar consecuencias de su irresponsabilidad.

El mankeeping no es una “ayuda”, no una “forma de amar”, ni es algo que ocurre de forma espontánea gracias a una ventaja genética de la que disponemos las mujeres, el mankeeping es una exigencia estructural que se impone a las mujeres desde que nacemos, para la que se nos entrena, y que se presenta como natural, moral o inevitable. A los hombres se les socializa para ser cuidados; y a nosotras, para cuidar. Sobre todo para cuidarlos a ellos.

Este trabajo sostiene directamente la desigualdad material entre los sexos. El tiempo invertido en mantener a los hombres (mankeeping) es tiempo robado a nuestra autonomía, nuestro descanso, nuestra creatividad… a nuestra vida. Por eso el mankeeping está estrechamente ligado a la brecha salarial, a las jornadas parciales, al abandono profesional femenino y al agotamiento crónico. 

Una característica central del mankeeping es que solo se percibe cuando falta. Mientras existe, se da por hecho, el mundo sigue girando. Pero cuando una mujer deja de hacerlo… la casa se cae: la ropa del hombre empieza a oler mal, su comida no está hecha al volver del trabajo, el regalo de cumpleaños para su madre no se ha comprado, la preparación para su prueba médica no se ha hecho porque nadie se lo ha recordado, la llamada para preguntar por la salud de un familiar no se ha realizado, etc. El conflicto surge entonces porque se rompe el orden que garantizaba la comodidad del varón, de la que no era ni consciente. Aún a día de hoy, cuando una mujer ingresa enferma en el hospital, hay otras mujeres encargadas de alimentar y asistir al marido de la paciente.  

El mankeeping no se limita al ámbito de la pareja heterosexual. Se da también en relaciones familiares, laborales, militantes y sociales: mujeres que sostienen equipos, colectivos o proyectos enteros ocupándose de lo que “nadie ve”, mientras los hombres ocupan el espacio público, la palabra y el reconocimiento. 

Hablar de mankeeping permite nombrar una experiencia compartida por millones de mujeres y desmontar la idea de que el problema es individual o relacional. Tenemos que entender y aprender a ver que existe un sistema que asigna a las mujeres la función de mantenimiento humano de los hombres.

Abolir el mankeeping no significa dejar de cuidar, sino dejar de hacerlo de forma unilateral y sin esperar nada a cambio, y problematizar que lo hacemos porque somos mujeres y ellos hombres. Abolir el mankeeping implica pedir reciprocidad y que no exista jerarquía, mucho menos basada en el sexo. Significa que los hombres asuman la responsabilidad plena de su propia vida, que el cuidado deje de ser una carga femenina y pase a ser una tarea compartida o, directamente, una obligación personal.