Cosmeticorexia

La cosmeticorexia es un trastorno caracterizado por la obsesión compulsiva con la apariencia física, que lleva a mujeres y niñas a someterse de forma sistemática a tratamientos estéticos, maquillaje y productos cosméticos con el fin de corregir o prevenir supuestos defectos. 

Este trastorno se enmarca dentro de una cultura que fomenta la insatisfacción constante de las mujeres con el propio cuerpo y que encuentra su caldo de cultivo en múltiples ámbitos: la publicidad, la industria cosmética, la moda, el cine, los medios de comunicación, las redes sociales… Desde la creación de productos dirigidos a niñas hasta la normalización de retoques digitales en las imágenes que consumimos a diario, la cosmeticorexia se ha convertido en una nueva forma de esclavitud estética para niñas y mujeres, en la que la obsesión por la «perfección» no tiene límites.

La cosmeticorexia no solo se manifiesta en el uso compulsivo de productos de belleza, sino que también puede derivar en conductas extremas, como el abuso de tratamientos dermatológicos invasivos, la cirugía estética a edades cada vez más tempranas y el desarrollo de trastornos alimentarios. Niñas y adolescentes que apenas han pasado la pubertad ya sienten la necesidad de aplicar cremas antienvejecimiento, modificar sus facciones con maquillaje o cambiar su imagen mediante filtros digitales, incapaces ya de aceptarse a sí mismas sin una versión alterada de su cara.

Uno de los efectos más devastadores de la cosmeticorexia es la dismorfia corporal, un trastorno psicológico que provoca una percepción distorsionada de la propia imagen. Las afectadas no solo sienten que su apariencia nunca es suficiente, sino que llegan a ver defectos donde no los hay, lo que las impulsa a una búsqueda sin final de cambios estéticos. 

El ideal de belleza ha dejado de ser simplemente un intento de rejuvenecer el rostro o de encajar dentro de los cánones estéticos del momento pero manteniendo la identidad propia, y lo que se busca ahora es ser bella y joven aunque eso implique transformar la propia cara hasta el punto de ni parecerse a una misma. El rostro deja de ser un reflejo de la identidad para convertirse en un lienzo moldeable, en una versión idealizada que responde a un estándar impuesto y no a la individualidad de quien lo posee.

El crecimiento exponencial de esta práctica, sumado al consumo masivo de redes sociales con filtros -como Instagram y TikTok- por parte de preadolescentes y adolescentes, ha alcanzado niveles sin precedentes. Hoy, vemos cómo se ha normalizado que niñas de apenas 10 años tengan canales de tutoriales sobre cómo aplicar maquillaje y realizar rutinas de skincare, normalizando una obsesión por el cuidado estético que antes existía sólo en mujeres adultas y con una incidencia mucho menor.

La belleza, tal y como se nos impone a niñas y mujeres, no es natural ni espontánea: es un mandato. Y la cosmeticorexia es una de las consecuencias que en mayor o menor medida, acabamos sufriendo todas.