“Me atrevería a aventurar que Anónimo, que tantas obras ha escrito sin firmar, era a menudo una mujer”. Esta reflexión de Virginia Woolf nos ha inspirado para dedicarle una introducción de Radiojaputa a las mujeres y al anonimato.
Y lo primero que queremos reivindicar, es que frente a eso que a veces se llama la “alta cultura”, donde están las ramas de conocimiento más institucionalizadas, que dan prestigio y poder, y del que se ha expulsado siempre a las mujeres, pues están los saberes populares. Gozan de menos reconocimiento, popularidad, fama y atención, aunque todo el mundo se ha nutrido de ellos. Y en los saberes populares las mujeres han sido siempre fundamentales. La transmisión de conocimientos populares, muchas veces de forma oral, se ha hecho mayoritariamente por vía femenina. Pero ese tipo de saberes, muy feminizados, no iban acompañados ni de prestigio ni de poder, y han estado atravesados por el anonimato. Los saberes populares han sido muchísimas veces la raíz de la que se han nutrido esos otros conocimientos más científicos o más académicos, pero no han tenido reconocimiento. Pensemos en cuantísimo le deben ámbitos como la Farmacología o la Medicina al saber popular. O pensad también en la moda, o en la gastronomía, ámbitos feminizados a tope de siempre, que con la entrada de señores destacados ahora se han prestigiado, y hemos empezado a hablar de “Alta Cocina” o de “Alta Costura” donde, oh, sorpresa, los nombres más famosos son masculinos.
Sin duda, los saberes populares han estado condenados a la falta de prestigio por estar feminizados, y al anonimato en gran medida porque las mujeres, género mediante, no han considerado que sea importante la autoría, eso por un lado, por el otro, en caso de escritos, casi era mejor no hacerlo, para evitar juicios sociales y castigos. Para este tema, muy recomendable Una habitación propia, que imagino que ya todas lo habréis leído, pero por si acaso. Realmente, miremos hacia la parcela que miremos, nos vamos a encontrar anonimato femenino. Pero nosotras aquí nos vamos a centrar sobre todo en las anónimas de la LITERATURA, porque es con diferencia donde más casos conocemos, y también donde mejor se aprecian las diferentes motivaciones que han tenido las mujeres para recurrir al anonimato. Aunque antes de meternos con ello, vamos a comentar también alguna cosa sobre el mundo del ARTE.
El papel de las mujeres en la Historia del Arte, en todas las épocas, sigue estando todavía hoy bastante infravalorado. Y podemos retrotraernos hasta la Prehistoria, fijaos. Es muy posible que detrás de gran parte de las obras de arte de las sociedades de cazadores-recolectores, tanto de escultura como de pintura, hubiera mujeres. Para empezar, en esas sociedades las expresiones artísticas guardaban una estrecha relación con aspectos rituales y simbólicos, en los que las mujeres solían tener un papel protagonista. Para seguir, la manera en la que se representa en muchas obras el cuerpo de la mujer sugiere una autoría femenina. Y además, en manifestaciones artísticas concretas, como las pinturas rupestres de las cuevas, se ha estudiado que la mayor parte de las manos que aparecen a veces sobreimpresionadas en las paredes son manos de mujer. Las interpretaciones tradicionales que señalaban que pinturas como las de Altamira, al representar escenas de caza, debieron hacerlas hombres, ya no se sostienen. Y de hecho, lo que se está viendo ahora es por ejemplo que las mujeres prehistóricas participaban en las cacerías mucho más de lo que se había pensado.
A partir de ahí, si vamos recorriendo períodos posteriores de la historia del Arte, pues la presencia femenina sin duda sigue ahí, lo que pasa es que como el anonimato afecta a la inmensa mayoría de obras, pues hay poquísimas certezas. En algunos ámbitos artísticos sí sabemos que la presencia de mujeres fue fuerte, como por ejemplo en el arte de la iluminación de manuscritos medievales, esas ilustraciones en miniatura espectaculares de algunos libros antiguos. De hecho, la primera artista no anónima nacida en el actual territorio español fue una iluminadora de manuscritos leonesa llamada “Ende”, que vivió en el siglo X e ilustró el famoso “Beato de Gerona”. Ésta lo firmó y por eso sabemos de ella, pero es un caso anecdótico, lo corriente es que no lo firmaran. En fin, en el arte de la tapicería medieval y moderna también parece que hubo involucradas muchas mujeres, siempre anónimas porque estas obras normalmente además se atribuyen a talleres o a regiones, no a individuos concretos… Y podríamos seguir con más ejemplos, pero al final eso tampoco nos dice mucho, porque como hablamos de obras anónimas de las que apenas hay datos, al final todo lo que rodea a su autoría es siempre muy especulativo.
Un caso famoso y ya muchísimo más reciente, del que sí tenemos datos fehacientes y claros, lo encontramos en el ámbito de la Fotografía: tras el pseudónimo de ROBERT CAPA, el fotoperiodista de guerra más famoso de la historia, no solo estaba el húngaro Endre Ernö Friedmann, sino que, hasta su muerte en 1937, estuvo también su pareja, Gerda Taro. Ambos compartían ese pseudónimo, y a día de hoy por ejemplo no sabemos bien qué fotos de la guerra civil española hizo Endre y cuáles hizo Gerda. No es exactamente un caso de anonimato, pero Gerda pasaba desapercibida detrás de ese pseudónimo masculino.
Pero vámonos ya a la LITERATURA que es donde hay más tela que cortar. Aquí encontramos también ejemplos antiquísimos, como el del “Canto de Mulán”, la balada china del siglo V después de Cristo que ha dado lugar luego a las pelis de Disney. Es anónima, pero la reivindicación de la fortaleza y la validez de las mujeres que hace apunta de manera clarísima a una autoría femenina. Tenemos que decir que, actualmente, quienes se dedican a la investigación se están planteando también la posibilidad de que otras obras anónimas muy famosas, que tradicionalmente se ha dado por hecho que las hicieron varones, pues igual no está tan claro que las escribieran hombres. Incluso el propio “Cantar de Mío Cid”, la primera gran obra poética en castellano, se especula ahora con que pudiera tener mucha más influencia femenina de la que se había considerado. Se cree que el origen de la leyenda del Cid pudo estar en la propia Jimena, la viuda del Cid, aunque ella no escribiera el Cantar como tal, que es bastante posterior.
Un caso menos especulativo y que nos parece importantísimo conocer, porque deja muy clarito el percal, es el de un libro de finales del siglo XIII o principios del XIV titulado “El Espejo de las Almas Simples”. Una de las obras cumbre del misticismo cristiano, que se hizo súper famosa en su época y acabó causando que a su autora, MARGUERITE PORETE, la quemaran en la hoguera en 1310, porque la Iglesia consideró que el libro era herético. Bueno, pues tras la muerte de Marguerite, hubo copias anónimas del libro circulando por ahí, y se olvidó quién era la autora. Cuando tiempo después, los eruditos e investigadores empezaron a especular sobre la autoría, pensaron, o más bien no pensaron, que el autor tenía que ser un hombre. Se sugirieron varios nombres, hasta que en 1946 una investigadora encontró documentos que probaban que era de Marguerite. ¿Con cuántas obras habrá pasado algo parecido? Pues vete a saber. Hace poco, una investigadora de la Universidad de Málaga, Ana Salto, ha lanzado la hipótesis de que “La Nube del Desconocimiento”, otro famosísimo libro anónimo del siglo XIV que siempre se le ha atribuido a un monje inglés, encaja mejor con una autoría femenina que con una masculina.
Ya en la Edad Moderna, encontramos quizá las primeras obras realmente feministas, anónimas la mayoría, pero indudablemente escritas por mujeres, caso del “Ensayo en Defensa del Sexo Femenino”, publicado en Londres en 1696. Pero queremos avanzar en el tiempo y centrarnos en un momento concreto de la historia de la Literatura que es el siglo XIX, que es clave en lo que se refiere al uso del anonimato por parte de las escritoras. Por entonces, escribir siendo mujer era todavía difícil, y ya dedicarse profesionalmente a ello ni nos imaginamos, porque encima estaba mal visto socialmente. En el siglo anterior, el XVIII, el anonimato en la Literatura había sido lo común tanto para mujeres como para hombres, hasta el punto de que alrededor del 80% de las novelas publicadas entre 1750 y 1790 fueron anónimas. Así se evitaban críticas y se sorteaban las consecuencias que podía tener hablar de ciertos temas. Pero desde finales del siglo XVIII eso empezó a cambiar rápidamente y se consolidó la figura del escritor famoso. En masculino, claro, porque para las mujeres la Literatura siguió siendo un espacio de difícil acceso. Así que continuaron recurriendo al anonimato, utilizando diferentes fórmulas. Unas veces no ponían nada sobre el autor. Otras usaban un pseudónimo femenino o mencionaban simplemente que el libro estaba escrito por una dama. En la literatura en inglés, era frecuente poner el título y, debajo, escribir “by a lady”. Así reivindicaban el hecho de que las mujeres también sabían escribir, pero evitando las consecuencias sociales y las críticas que podía acarrearles revelar su identidad real, como comentábamos al principio.
Una tercera fórmula de anonimato, que poco a poco se fue haciendo la más popular, fue la de adoptar un pseudónimo masculino. Así no solo se esquivaba el estigma social que podía acarrear para una mujer escritora que se supiera su identidad, sino que además se conseguían críticas justas, se evitaba el sesgo machista que llevaba a juzgar cualquier obra de una mujer como inferior.
Vamos a ver algún ejemplo. La primera a la que vamos a mencionar es a JANE AUSTEN, que alternó distintas fórmulas de anonimato. A veces añadió al título un “by a lady”, por ejemplo en “Sentido y sensibilidad” (1811). Otras publicó con anonimato total, como en “Orgullo y prejuicio”, en 1813, y por ejemplo en “Emma”, en 1815, simplemente dice que es una obra “del autor de Orgullo y Prejuicio”. Tras su muerte en 1817, a los 41 años, a causa de la Enfermedad de Addison, se publicó “Persuasión”, donde ya se revelaba su identidad real.
Otro caso con mucha miga es el de las TRES HERMANAS BRONTË, que además estaban interesadas en escribir sobre temas polémicos y tabú como la igualdad entre los sexos, la clase social, la sexualidad o la religión. Siendo muy jovencita, en 1837, Charlotte Brontë le mandó unos poemas al poeta Robert Southey para pedirle opinión, y este los menospreció, contestándole más o menos que las mujeres no valían para escribir cosas serias. Así que, para evitar prejuicios y menosprecios, las tres hermanas empezaron a publicar con pseudónimos masculinos, aunque manteniendo el lazo familiar, porque escogieron tres nombres masculinos pero el mismo apellido: Charlotte publicó como “Currer Bell”, Emily como “Ellis Bell” y Anne como “Acton Bell”.
Ha habido mujeres que han seguido recurriendo al anonimato hasta hoy, es el caso de JK Rowling, que fue aconsejada por la propia editorial, y es que si quería vender, más le valía disimular que era una mujer. Para que ahora le vengan con historias, sabes. Pero en todo caso, con el tiempo se ha tendido a usar menos el anonimato, gracias por supuesto a los pasos que ha supuesto para las mujeres la lucha feminista. Y un caso ilustrativo de ese cambio es el de la estadounidense LOUISA MAY ALCOTT, escritora y además sufragista, por cierto. Ella empezó escribiendo con un pseudónimo de mujer, luego tiró de la ambigüedad que dan las iniciales y empezó a publicar como “A.M. Barnard”, y después empezó también a usar su nombre real. En “Mujercitas” (1868), que es su libro más famoso, lo usa, por ejemplo. Aunque cuando escribía sobre aspectos muy controvertidos o temas que consideraba más masculinos, siempre siguió usando ese seudónimo de A.M. Barnard.
Dos casos diferentes y conocidísimos son el de la francesa Amantine Aurore Lucile Dupin de Dudevant y el de la inglesa Mary Ann Evans. GEORGE SAND y GEORGE ELIOT, respectivamente. Las dos empezaron escribiendo bajo seudónimo masculino para evitar prejuicios sociales hacia la literatura de mujeres, que se consideraba superficial y de peor calidad. Pero su identidad se conoció pronto y ambas acabaron siendo reconocidas y alcanzando la fama como mujeres escritoras.
En fin. La lista de escritoras que recurrieron al anonimato es que es inmensa, primas. Sería imposible repasarla: Ann Radclife, Frances Burney, Mary Shelley, Katherine Bradley, la feminista Violet Paget, la autora de “Memorias de Äfrica” Karen Von-Blixen… Hay un montón. Y solo quiero mencionar a una española para terminar, o medio española si somos tiquismiquis: CECILIA BÖHL DE FABER. Fue autora de algunas de las novelas costumbristas más importantes de mediados del siglo XIX, como “La Gaviota”, y siempre publicó con un pseudónimo masculino, Fernán Caballero, porque ella misma tenía prejuicios hacia la literatura femenina.
BIBLIOGRAFÍA