Imagina que eres la primera mujer en gobernar tu país. No la primera persona: la primera mujer. Cada decisión tuya se analiza el doble. Cada error se recuerda el triple. Y aun sabiendo esto, ha habido mujeres ocupando el poder a lo largo y ancho del mundo. No muchas, claro, aunque haberlas haylas, pero ¿las conocemos como merecen? Probablemente, no.
Llegar al poder en un mundo diseñado por y para hombres ha hecho que algunas de las mujeres que han gobernado a lo largo de la historia, hayan adoptado roles y enfoques completamente masculinos y, por qué no decirlo, bastante perversos. Creo que a todas se nos viene a la mente Margaret Thatcher o Angela Merkel. Son dos claros ejemplos de mujeres que tocan poder y adoptan típicos liderazgos masculinos: duros, fríos, despiadados. O quizás, precisamente por haber aprendido a comportarse así es que en sus partidos se les permite ir subiendo en la escalera del poder: son mujeres confiables para la lógica masculina.
Comencemos diciendo que según datos de ONU Mujeres, 28 países de los 200 que hay (aprox) tenían una mujer como jefa de Estado o de Gobierno a 1 de enero de este mismo año. Esto es matizable, porque como sabéis esto no siempre se traduce en poder real: hay países donde la jefatura del Estado tiene una función más bien simbólica.
No tendremos tiempo de ponernos exhaustivas, pero sí haremos un pequeño repaso y nos preguntaremos qué están haciendo esas mujeres con el poder obtenido, a quiénes benefician sus políticas y qué orden internacional sostienen o bien cuestionan. Siempre desde la crítica y sin perder de vista algo básico: la representación de las mujeres importa y mucho, corrige una exclusión histórica que nunca debió existir, pero que una mujer llegue a la cima del poder no significa, automáticamente, que cambie la lógica de ese poder. A las feministas lo que nos importa es cómo se usa ese poder una vez que se toma, no la foto de la investidura.
Angela Merkel y Jacinda Ardern nos sirven como contraste bastante claro de lo que quiero decir. Merkel, que estuvo al frente de Alemania entre 2005 y 2021, encarnó un liderazgo tecnocrático, profundamente ligado a la disciplina fiscal y a la austeridad en la gestión de la crisis. Rompió un techo histórico, sí, al ser la primera mujer canciller en Alemania, pero su paso por el poder no dejó precisamente una huella feminista ni otra forma de entender y mirar el mundo. En cambio, Jacinda Ardern, primera ministra neozelandesa entre 2017 y 2023, sí intentó otra forma de hacer política: más centrada en el cuidado, en la empatía pública y en una respuesta social frente a la desigualdad. Su modelo de liderazgo, en un contexto público agresivo, polarizado y masculinizado, implica un desgaste brutal, como la propia Jacinda reconoció hace poco en una entrevista en El País. Por eso acabó dejando la política después de 5 años en el cargo, mientras que Merkel aguantó 16.
En definitiva, no hay algo así como una “manera femenina” unívoca de gobernar. Hay mujeres que administran el sistema y favorecen el statu quo, y mujeres que intentan promover un cambio de paradigma. Y la actualidad, ahora lo veréis, nos ofrece un mosaico igual de heterogéneo.
Vamos con Giorgia Meloni, que se convirtió en la primera mujer en encabezar el gobierno italiano en 2022 y es una de las figuras más visibles del poder político global. Su trayectoria es cristalina: procede de la extrema derecha y militó en su juventud en el Movimiento Social Italiano, un partido abiertamente fascista. Ya en el gobierno, ha impulsado políticas migratorias muy duras, ha puesto obstáculos al acceso al aborto y ha reforzado una visión tradicional de la mujer como madre y esposa. Pero su agenda no es completamente lineal: también ha endurecido medidas contra la violencia machista, lo cual no la convierte en un referente feminista, sino más bien en un ejemplo de cómo ciertos discursos pueden coexistir sin cuestionar el núcleo del sistema, porque entenderéis que Meloni no considera que la masculinidad sea problema alguno. Su insistencia en la soberanía nacional explica también coincidencias en la oposición a la guerra de Irán, por ejemplo, con un gobierno ideológicamente muy distinto como el de Pedro Sánchez. La ultraderecha a veces receta cosas parecidas que la izquierda para enfermedades que ni siquiera reconocen como enfermedad. Vamos, que hasta un reloj parado da la hora exacta dos veces al día.
Casi en la otra punta del mundo, en Japón, tenemos desde finales de 2025 a una primera ministra, Sanae Takaichi, con ciertos paralelismos con Meloni porque se enmarca también dentro del auge global de la ultraderecha. Es la primera mujer en liderar Japón, y propone un giro ultraconservador, con una agenda muy nacionalista y una posición contraria al feminismo y al matrimonio de gays y lesbianas. En la línea de lo que es Japón, por otra parte, que nunca ha tenido legislación al respecto. También defiende revisar la constitución japonesa, que es un texto pacifista que limita la capacidad militar del país, para promover una remilitarización y un Japón más dominante en el contexto geopolítico asiático. Parece como si sintieran que Japón ha hecho poco daño, no sé.
En cierto modo, Sanae Takaichi toma el relevo como referente del liderazgo político femenino en Asia a Tsai Ing-wen, presidenta de Taiwán entre 2016 y 2024. Pero Ing-wen tenía una ideología bastante diferente, más de centro-izquierda, aunque en materia de seguridad se situase también en una oposición frontal a China, dada la realidad histórica y geopolítica de Taiwán. Pero en clave interna, impulsó reformas progresistas, como el matrimonio igualitario o políticas de reparación a los aborígenes taiwaneses, y también políticas sociales, por ejemplo de mejora en el acceso a la vivienda.
Hay un rasgo muy revelador del momento político actual: y es que gobiernos de diferentes ideologías están haciendo políticas antimigratorias muy parecidas. En el norte de Europa esto se ve clarísimo, y también en gobiernos liderados por mujeres. En Letonia, por ejemplo, Evika Siliņa, en el poder desde 2023, representa una línea de centro-derecha, liberal y europeísta, empeñada en el crecimiento económico y en la seguridad nacional, sobre todo desde la guerra de Ucrania. Y en su país vecino, Lituania, Inga Ruginienė, llegada al gobierno el año pasado, aun siendo socialdemócrata, con una importante trayectoria sindical y un discurso feminista, ecologista y orientado a la redistribución, coincide en algo clave con su homóloga letona: ambas apuestan por frenar la inmigración. Y no son casos aislados. En Dinamarca, otra socialdemócrata, Mette Frederiksen, combina desde que llegó al poder en 2019 una estrategia de refuerzo del estado del bienestar con un endurecimiento muy severo de las políticas migratorias, incluida una reducción drástica en la acogida de personas que buscan refugio. Más allá de las diferencias ideológicas, se está imponiendo como consenso la lógica securitaria y el cierre de fronteras.
No voy a hablaros mucho de esos casos donde el cargo es más simbólico que efectivo. Que es lo que ocurre en Islandia, donde Halla Tómasdóttir es presidenta desde 2024, pero el poder real lo ejerce el gobierno. O en Irlanda, donde desde noviembre de 2025 es presidenta una mujer muy interesante, Catherine Conolly, con un pasado laborista, que se distinguió por ejemplo por su postura por la despenalización del aborto, o recientemente por su postura contra el genocidio en Gaza, pero que igualmente ocupa un cargo más simbólico que otra cosa. Y lo mismo puede decirse de India, donde desde 2022 la presidencia la ocupa Droupadi Murmu, pero quien concentra el poder es el primer ministro Modi, con una agenda abiertamente ultraconservadora y nacionalista.
Si nos centramos en mujeres con poder ejecutivo real, en la izquierda destaca hoy una figura con peso propio: Claudia Sheinbaum, presidenta de México desde 2024. Sheinbaum continúa el proyecto de la llamada Cuarta Transformación, impulsado por su antecesor López Obrador, con un programa que combina refuerzo del Estado, reducción de la pobreza, políticas redistributivas y una apuesta por corregir desigualdades estructurales. En el plano internacional, ha mantenido una posición firme frente a las presiones de Estados Unidos. Su gobierno está logrando avances en seguridad, infraestructuras y derechos laborales, con niveles de aprobación ciudadana bastante altos. En cierto sentido, Sheinbaum funciona como contrapeso en el tablero global de líderes conservadoras como Meloni.
Hay más mujeres que gobiernan en América y África alejadas de la ultraderecha, con perfiles más próximos a la socialdemocracia, aunque muchas de ellas casi no tienen visibilidad en los medios europeos. En el Caribe encontramos dos ejemplos claros. Por un lado, Kamla Persad-Bissessar, en Trinidad y Tobago, que ya lideró el país entre 2010 y 2015 y que vuelve a gobernar ahora con una agenda centrada en políticas sociales, educación e infraestructuras. Esta pequeña república la preside también una mujer, Christine Kangaloo, pero su cargo es más simbólico. Por otra parte, tenemos a Mia Mottley al frente de Barbados desde 2018: es una figura destacada en la lucha contra el cambio climático y en la reivindicación de justicia financiera para el sur global. Fue, además, una de las impulsoras del proceso que convirtió a Barbados en una república en 2021, rompiendo con la monarquía británica. Dejo al margen aquí a Delcy Rodríguez, que como todas sabemos, ha llegado a la presidencia venezolana por imposición estadounidense y no está del todo claro por dónde va a tirar.
En África encontramos también varias mujeres gobernando, con poca visibilidad internacional y, en muchos casos, con márgenes de actuación muy limitados por la fragilidad institucional y la dependencia económica de sus países. Un ejemplo es Judith Suminwa, primera ministra de la República Democrática del Congo desde 2024 (ojo, hablamos de un país de 115 millones de habitantes). Es de ideología socialdemócrata, más o menos, y su agenda apunta a la industrialización, la mejora de las condiciones de vida y el refuerzo del Estado en un contexto que está marcado por el conflicto armado, la corrupción y la debilidad institucional. Vuelve a pasar lo mismo: su capacidad real de acción es reducida porque el poder se concentra en el presidente Félix Tshisekedi, que fue de hecho quien la nombró.
También encontramos liderazgos femeninos en Namibia y Tanzania. En Namibia está como presidenta Netumbo Nandi-Ndaitwah, con una larga trayectoria a sus espaldas vinculada a la lucha por la independencia de Namibia, y que representa una línea de centro-izquierda focalizada en el desarrollo y la cohesión social. De momento lleva solo un año en el cargo, al que llegó después de ganar con mucha claridad las elecciones presidenciales de finales de 2024.
En Tanzania, ocupa la presidencia Samia Suluhu. En este caso hablamos de un país autoritario, con un sistema fuertemente controlado por el partido gobernante, el Partido de la Revolución. Al principio Samia intentó promover la apertura económica y social del régimen, desarrollando un liderazgo menos autoritario que el de su predecesor y esto hizo que surgieran muchas esperanzas entre la oposición y las organizaciones de derechos humanos. Sin embargo, esas esperanzas parece que han quedado en nada y a finales de 2025 Samia fue reelegida con el 98% del voto en unas elecciones marcadas por el fraude y la represión de la oposición. Su partido era inicialmente socialista e igualitarista, pero actualmente combina una posición de centro-izquierda en lo económico con nacionalismo y conservadurismo social (por ejemplo, tiene un componente homófobo bastante bestia).
Y en Túnez tenemos a Sara Zaafarani en la jefatura de gobierno desde 2025, después de que Najla Bouden hubiera sido ya primera ministra entre 2021 y 2023. Ambas tienen perfiles técnicos, son ingenieras, y escasa autonomía real, porque el poder está concentrado en el presidente del país, el conservador independiente Kaïs Saied. La escasa presencia de mujeres gobernando en el mundo musulmán no puede explicarse únicamente por la religión. Hay factores políticos, institucionales y materiales que pesan tanto o más, y de hecho es importante tener presente que hay ejemplos recientes de mujeres gobernando en países como Turquía, Bangladés o Pakistán, donde tenemos el caso de Benazir Bhutto.
En definitiva, la presencia de mujeres en la cima del poder avanza, y eso importa de cara a la justicia más básica, pero la lucha feminista no confunde esa presencia con transformación: una mujer en el gobierno no desactiva, por sí sola, ni el patriarcado ni el capitalismo. Lo que vemos hoy es un mapa diverso: algunas líderes incorporan agendas de redistribución, empatía y democratización; otras gestionan el sistema o incluso defienden una involución. Pero incluso en los casos más avanzados, lo que vemos son reformas parciales, no una ruptura de fondo ni un cuestionamiento del sistema. El feminismo que aspira a transformar esas lógicas sigue, en gran medida, empujando desde los márgenes. Siempre desde los márgenes, donde históricamente han empezado los cambios y logros que ahora, desde el presente, tantas veces damos por hecho y creemos que fueron avances inevitables, por pura inercia de la vida.