La masculinidad es un conjunto de normas, comportamientos y roles que las sociedades -dirigidas por el sistema patriarcal- asignan a los varones por el hecho de nacer con el sexo masculino. La masculinidad no es natural o biológica, sino una construcción social que ordena cómo deben ser los niños y cómo los hombres, y se construye sobre la negación de lo femenino y la conquista del poder, el control y la dominación, especialmente sobre las mujeres, aunque también sobre otros hombres considerados “menos hombres”.
Si la homosexualidad masculina te convierte en “menos hombre” es precisamente porque la posesión y control sobre el cuerpo de las mujeres se sale de la ecuación, cuando debe ser algo central en la identidad de cada hombre. También son considerados menos masculinos aquellos niños que prefieren jugar con niñas, que priorizan el trato amable y sensible a los mandatos que dictan que deben ser brutos, líderes, insensibles, etc. Muchos de estos niños sufren acoso escolar por no amoldarse a los mandatos de la masculinidad, y por evitar molestar y acosar a sus compañeras por el simple hecho de haber nacido niñas.
¿Cómo se manifiesta esta masculinidad?
La masculinidad se basa en valores como la fuerza, la racionalidad, la competitividad, la invulnerabilidad emocional, el dominio, el control y, sobre todo, la superioridad sobre lo femenino. Se cultiva desde la infancia y se refuerza constantemente a través de la familia, la escuela, los medios, la cultura popular y las instituciones.
El feminismo no busca crear “nuevas masculinidades”, porque no necesitamos nuevas maneras de comportamiento exclusiva de hombres, necesitamos que no haya actitudes o personalidades específicas masculinas. Cuando se defienden conceptos como “nueva masculinidad”, estamos asumiendo falsamente que los hombres necesitan su propia forma de estar en el mundo, diferente a la de las mujeres. Una forma de ser y estar que los incluye solo a ellos, y que de nuevo nos deja fuera, si no, no se llamaría “nueva masculinidad”.
Lo que necesitamos es que no haya mandatos sobre los hombres y otros, contrapuestos, sobre las mujeres, sino que cada persona pueda ser y estar como le nazca de forma natural, sin estereotipos, normas o mandatos basados en su sexo. Que los niños puedan llorar sin que reciban acoso y que las niñas liderar sin ser insultadas y culpabilizadas. Que se conviertan en adultas y adultos libres, y construyan una sociedad sin violencia basada en el sexo.
El feminismo busca liberar a las mujeres de la opresión que supone la masculinidad y denunciar la violencia estructural que nace de ella: desde el control en las relaciones hasta la explotación sexual, pasando por la violencia machista en todas sus formas: física, simbólica, económica… El feminismo busca abolir el género y sus roles, con todo lo que implican, ya que son herramientas imprescindibles para mantener y seguir nutriendo la jerarquía sexual.
La masculinidad está diseñada para oprimir, violentar y jerarquizar. No es una identidad inocente ni un estilo personal: es un instrumento político del patriarcado. Mientras sigamos sosteniendo el género (masculinidad y feminidad), ninguna sociedad será verdaderamente justa ni libre. La masculinidad no es reformable: hay que abolirla.