Feminicidio proviene del inglés femicide. Las antropólogas feministas Marcela Lagarde (México) y Montserrat Sagot (Costa Rica) son dos figuras clave del feminismo latinoamericano que enriquecieron en los años 90 el análisis sobre el feminicidio.
Lagarde adoptó y desarrolló el concepto en el contexto latinoamericano, proponiendo feminicidio para enfatizar:
Sagot, por su parte, usa el término femicidio, más extendido en Centroamérica. Su enfoque:
Aunque difieren en terminología y énfasis (Lagarde subraya la violencia íntima y la omisión estatal; Sagot el rol del crimen organizado y la violencia pública), ambas autoras coinciden en que:
Feminicidio da un nombre concreto al asesinato de una mujer por el hecho de serlo, a manos de un hombre. No solo se llama así al asesinato contra las niñas y mujeres que fueron atacadas por su verdugo, sino también al de aquellas que murieron intentando proteger a esas niñas y mujeres.
El feminicidio es la expresión más extrema de la violencia machista, y no es un acto aislado: es parte de una estructura de poder que considera a las mujeres prescindibles, controlables y disponibles. Es decir: no se trata sólo del acto de matar, sino de todo un sistema que permite, minimiza y normaliza esos asesinatos.
El feminicidio ocurre cuando el Estado no actúa, cuando la justicia no llega, cuando la policía no protege y cuando la sociedad lo ve como “crímenes pasionales”, “problemas de pareja” o “excesos”.
También es feminicidio la desaparición de mujeres nunca encontradas. La muerte de mujeres prostituidas sin nombre ni denuncia. La negligencia que deja a una mujer sin protección tras denunciar.
Nombrarlo feminicidio es señalar al culpable:
No es el destino. No es la mala suerte. Es el sistema.