La división sexual del trabajo es un concepto clave para entender cómo el patriarcado organiza el mundo. Es la asignación de tareas, funciones y responsabilidades según el sexo.
No se basa en capacidades, sino en mandatos culturales que sitúan a las mujeres en la esfera privada y a los hombres en la pública.
A las mujeres se nos asigna el trabajo reproductivo:
criar, cuidar, limpiar, alimentar, sostener emocionalmente.
A los hombres, el trabajo productivo:
acceder al empleo, construir carrera, alcanzar reconocimiento social y autonomía económica.
Esta división no solo define qué hace cada sexo, sino cómo se valora.
Lo masculino se paga, se respeta, se nombra.
Lo femenino se invisibiliza, se exige, se devalúa.
La división sexual del trabajo perpetúa la dependencia económica de las mujeres, limita su tiempo y condiciona sus trayectorias vitales.
Y es uno de los pilares que sostiene la desigualdad estructural entre los sexos.
No es natural.
Es una construcción política que sirve a los intereses del patriarcado y del capitalismo.
Desmontarla es una tarea colectiva y feminista.