Hoy hablamos de un episodio histórico que muchas no conoceréis, no por nada, es que es un tema que no se habla, que no se estudia en el cole, ni el instituto, ni se menciona jamás en los medios ni nada de nada. Es una parte de nuestra historia convenientemente silenciada: se trata, ni más ni menos, del intento de genocidio de las gitanas y gitanos por parte de los Borbones.
Vamos a ir por partes, que ya sabéis que aquí no nos gusta dar puntada sin hilo. Las gitanas/os tienen su origen, al parecer, no es 100% seguro este dato, en el noroeste del subcontinente indio, y a través de distintos procesos de diáspora fueron llegando hacia Europa. A la Península Ibérica, concretamente, empezaron a llegar en el siglo XV, y en ese momento se pensaba que procedían de Egipto, algunas personas se presentaban a sí mismas como originarias de Egipto, por lo que se les empezó a llamar “egiptanos”, que es de donde surge la palabra “gitano”.
Aunque un término quizá más apropiado es el de romaní, que deriva del propio nombre que se dan en su idioma. Luego a las gitanas y gitanos peninsulares se les ha pasado a denominar también “calés” o “cañís”, en Europa hay otras denominaciones muy extendidas, como la de “zíngaras”.
Al principio, el pueblo gitano empezó a entrar en los reinos ibéricos gracias a salvoconductos y cartas de paso que se les concedieron como peregrinación cristiana. Pero conforme fue aumentando su número, los distintos gobiernos empezaron a verlo como un problema e intentaron controlarlo de manera forzosa. Ya desde finales del siglo XV, en el Reino de Castilla, empieza a haber disposiciones que buscan “resolver” el “problema” gitano. Se trataba de desactivar sus particularidades culturales y atarlos al esquema del Estado, que quería tener controlado dónde, con quién y bajo qué autoridad vivía cada persona.
El pueblo gitano era parcialmente nómada y desafiaba esa lógica. Pero, al ser también cristiano, no se podía recurrir a la coartada religiosa para perseguirlo o expulsarlo. Las disposiciones represivas dirigidas contra las personas gitanas buscaron su asimilación, prohibieron su lengua y su indumentaria, las obligaron a ser sedentarias y estigmatizaron muchas de sus formas tradicionales de subsistencia.
Prácticamente todos los monarcas promulgaron disposiciones en este sentido. Los Reyes Católicos en la Pragmática de Medina del Campo de 1499, Carlos V en la Pragmática de 1539, su hijo Felipe II también emitió varias leyes años más tarde, etcétera. Las penas que se preveían para las personas gitanas diferían según la ley, pero siempre eran durísimas: destierro, prisión, trabajos forzados en las galeras o en las minas de mercurio, etcétera. En 1619, Felipe III decretó la expulsión de España de todos los integrantes del pueblo gitano (mujeres, hombres, niñas y niños) que no estuvieran avecindados.
Aunque todas estas leyes las padecieron muchísimas personas, nadie consiguió asimilarlos y sedentarizarlos. Era muy difícil para los Estados y las estructuras administrativas de la época hacerlas cumplir a rajatabla. Hay que decir además que las disposiciones sobre ellas y ellos, que no eran solo las grandes pragmáticas sino también muchísimas normativas de alcance local, eran muy contradictorias. Se les obligaba a desarrollar trabajos “dignos”, pero al mismo tiempo se les prohibía participar en las ferias o formar parte de los gremios. Se les pedía integrarse pero luego se les concentraba en barrios concretos, en las “gitanerías”, para poder controlar todo lo que hacían. Nos suena, verdad? Son discursos que escuchamos ahora: aquí se viene a trabajar, pero si trabajan, ay, nos están quitando el trabajo. Sigo: se les prohibía llevar sus ropas para asimilarse pero no se les permitía viajar a caballo para poder distinguir a cada gitana y gitano de cualquier payo. Y así todo el rato.
A principios del siglo XVIII hubo un cambio de dinastía en España, como sabéis, y nos llegan los Borbones desde Francia, Felipe V, en concreto. A este le sucede en 1746 su hijo Fernando VI, que reinó hasta 1759 y que ha pasado a la historia con el apelativo de “El Justo” o “El Prudente”. Ahora veréis lo justo que era el señor, porque aquí viene la historia fuerte. Vamos, que los motes de los Borbones siempre han sido muy elogiosos para la absoluta mierda de reyes que han sido, la verdad, porque vaya linaje, amigas.
Pues en 1717, Felipe V, el padre del Justo, aprueba una disposición obligando a toda persona gitana a concentrarse en 41 ciudades, y en 1746 su hijo Fernando VI elevó ese número a 75 ciudades. Se pusieron en marcha dispositivos para reubicarlos y llevarlos a esas localidades, y en esas estaba la cosa cuando al marqués de la Ensenada, que era el equivalente a un Ministro de Economía de la época, se le ocurrió junto al obispo de Oviedo y algunos otros lumbreros, la idea de dejar de andarse con remilgos y, directamente, exterminarlos. Tal cual.
Era un momento en el que el ambiente intelectual estaba imbuido por el Racionalismo Ilustrado y había muchos proyectos que buscaban “ordenar” la sociedad. Y para esta gente, ordenar y racionalizar pasaba por uniformizar y controlar, así que decidieron acabar de una vez por todas con el problema que les suponía la minoría gitana, tan diferente, tan nómada, que vestía con tantos colores, fíjate el delito.
En 1749 se concibió un plan genocida, la llamada Gran Redada o Prisión General de Gitanos, que se planificó con gran secretismo para ser ejecutada de manera coordinada en todo el país, el mismo día a la misma hora. Imagina lo que es llevar a cabo algo así, en pleno siglo XVIII. Se trataba de, en un primer momento, apresar a la misma vez a absolutamente todas las gitanas y gitanos de cualquier edad, y segregarlos por sexos para impedir que se reprodujeran. Al parecer, inicialmente el Rey Fernando VI no estaba muy a favor del plan, pero el Marqués de la Ensenada utilizó a su confesor para que lo persuadiera de que Dios lo vería con buenos ojos. Logró incluso que el Papa autorizase a que algunas iglesias suspendieran el famoso “derecho de asilo en sagrado” y que así, gitanos y gitanas, no pudieran intentar refugiarse en las iglesias cuando huyeran de la persecución.
La ejecución del plan se activó la madrugada del miércoles 30 de julio de 1749. A las distintas autoridades se les habían enviado órdenes selladas, con indicaciones de abrirse en esa fecha concreta, y asegurar así el efecto sorpresa y la simultaneidad de la acción. Se especificaba claramente cuál tenía que ser el desarrollo de la operación: irrumpir por la noche en las viviendas gitanas, capturar a cada habitante, separarlos por sexos y trasladarlos a “depósitos” provisionales. Los hombres y niños mayores de 7 años por un lado, y las mujeres, niñas y niños menores de 7 años, por el otro. Esa separación era el núcleo del proyecto, el mecanismo elegido para la extinción del pueblo gitano de España. Las mujeres gitanas eran vistas desde la óptica meramente reproductiva, vasijas, vamos: se las consideraba el obstáculo principal para el éxito del proyecto, ya que tenían la manía de parir más gitanos. En esos momentos, evidentemente, no existía aún la posibilidad de adoptar otros métodos genocidas que hemos visto aplicados a muchas minorías más recientemente, como el de la esterilización forzosa.
Hay que decir que muchas familias gitanas, para evitar la persecución, el control y la asfixia de los reinos, abandonaron el nomadismo, se compraron casas en España y se censaron, que era lo que aparentemente se buscaba de ellas. ¿Qué pasó? Que por estar censadas, fueron las primeras en caer. Mucho ojo con eso cuando escuchamos a día de hoy decir que hay personas migrantes que no se integran, que hacen guetos entre ellas, que no participan de la vida pública. Primero, es mentira, quien dice eso directamente no quiere que lo hagan, pero segundo y más importante: la historia nos dice que seguir las instrucciones y exigencias de esa gente te pone la primera en la mira cuando la cosa se complica.
A los varones se los trasladó para hacer trabajos forzados en los arsenales. Recordemos que no solo hombres, también niños que superaban los 7 añitos de edad. Y a las mujeres se las envió principalmente a hospicios y casas de misericordia y se las obligó también a realizar trabajos forzados, sobre todo en fábricas de paños y lienzos. Tanto ellos como ellas vivían en condiciones degradantes e insalubres, con una alta mortalidad. En aquella España, que tendría entonces unos 9 millones de habitantes (en territorio peninsular), había entre 10.000 y 15.000 personas gitanas. Y en la Gran Redada fueron apresados entre 9.000 y 12.000, o sea, la gran mayoría.
Entre los lugares que recibieron varones estaban Cartagena, Cádiz y Ferrol, y entre los que recibieron más mujeres, niñas y niños menores de 7 años, están Málaga, Valencia y Zaragoza. Cuando un niño varón cumplía los 7 años, se le separaba de su madre y se le enviaba a los arsenales. Lógicamente, las mujeres intentaron por todos los medios retrasar este hecho, ocultando a sus hijos o haciendo ver que tenían menos años.
Los efectos de la Gran Redada Gitana fueron tremendos: familias rotas, muertes, asesinatos, pérdida de medios de vida, de hogares… Pero el Estado no logró lo que buscaba, no logró extinguir al pueblo gitano.
La Gran Redada estuvo muy bien coordinada y ejecutada, se logró apresar a la mayoría del pueblo que habitaba el país, aprovechando además su confusión y desinformación, porque mucha gente se presentó ella misma ante las autoridades pensando que se trataba de otro procedimiento administrativo para reubicarlos. Pero, afortunadamente, el Estado no tenía ni medios ni organización suficiente para llevar a término su plan a medio o largo plazo. 16 años duró el calvario, la explotación, la segregación, más de década y media intentando exterminar a todo un pueblo. Pero se quedaron con las ganas.
Los costes de la operación de extinción eran muy elevados. El Marqués de la Ensenada había previsto sufragar esos gastos con los bienes incautados a las propias personas detenidas, pero el pueblo gitano no era precisamente una comunidad rica. Además, quienes escaparon a la Gran Redada fueron en su mayoría precisamente los nómadas, quienes más molestaban al Estado, que eran muy difíciles de localizar. Como os decía, entre las miles y miles de personas detenidas, había muchas que sí se habían avecindado y eran productivas, y algunas zonas se vieron muy perjudicadas cuando se las llevaron. Hubo además errores e imprevistos que causaron al Estado problemas de tipo legal. Aunque no eran muy comunes, había algunos matrimonios mixtos, por ejemplo: gitano y paya o payo y gitana. También había personas que, aunque clasificadas como gitanas, tenían cédulas de “castellanos viejos” o que reconocían su “limpieza de sangre”. Esta gente, cuando pudo, pleiteó con el Estado. Hubo recursos, revisiones de expedientes y excarcelaciones por errores en las detenciones.
La idea de someter al pueblo gitano a trabajos forzados tampoco funcionó como esperaba el Marqués de la Ensenada. No fueron una mano de obra sumisa ni productiva, y protagonizaron motines y disturbios. Uno de los más conocidos fue el que se produjo en el arsenal de La Carraca en Cádiz, donde se concentró a cerca de mil hombres gitanos. Hubo autoridades civiles y militares que empezaron a plantear quejas constantes al gobierno por los problemas de orden público que estaba creando el plan antigitano en sus circunscripciones. También hubo muchos intentos de fuga, que se castigaron con gran dureza. En ocasiones, matando a los que lo intentaban y dejando sus cuerpos a la vista del resto como advertencia.
Las mujeres no anduvieron a la zaga, y montaron todo tipo de actos de resistencia. Durante los trayectos en los que se las trasladaba hacia sus destinos definitivos, que en ocasiones fueron muy largos y en condiciones durísimas, se produjeron por ejemplo protestas de gitanas que se quitaban las ropas y marchaban desnudas, levantando un gran escándalo y generando problemas de orden público. En algún caso, con las ropas que se quitaban taponaban los pozos negros provocando problemas de salud pública. Junto a estas protestas hubo también intentos de fuga y otros actos de resistencia colectiva, insubordinación, “huelgas de brazos caídos” negándose a trabajar, etcétera.
No existe una estimación verdaderamente fiable de las muertes que se produjeron por las condiciones de insalubridad, el hacinamiento, las enfermedades, las epidemias y la mala alimentación que acompañaron a la Gran Redada Gitana. De hecho, hay poquísima información sobre aquella década. Eso sí, el Marqués de Ensenada, promotor de la persecución y genocidio, cayó en desgracia en 1754 y fue destituido. Por intrigas palaciegas, no por perseguir a nadie, claro. De hecho, la política de prisión generalizada del pueblo gitano se mantuvo hasta después de la muerte de Fernando VI en 1759. Su sucesor, su medio hermano Carlos III, anunció un perdón general para todas las personas gitanas encarceladas en 1763, aunque hasta 1765 no se terminó de liberarlas a todas. Antes de ese perdón general ya había habido algunas liberaciones parciales. De hecho, incluso todavía con el Marqués de Ensenada como hombre fuerte del gobierno, hubo ya excarcelaciones selectivas por motivos prácticos, por ejemplo de personas mayores, o impedidas para los trabajos forzados o de algunas mujeres viudas. No por compasión, sino porque estaban desbordados y pensaban que esas personas ya no suponían un riesgo para el plan de exterminio. Aun así, incluso en ese momento en el que Carlos III decide dar ese perdón general, había personajes ilustrados muy influyentes en la Corte que seguían defendiendo que la prisión general y el plan de extinción eran la única solución racional para el “problema” gitano. En 1783, Carlos III promulgó una nueva Pragmática por la cual se declaraba a las personas gitanas vasallas de pleno derecho del Reino siempre y cuando renunciasen a su lengua, su indumentaria y sus costumbres propias. Es decir, como fracasa el plan del exterminio físico, se intenta volver al plan del exterminio cultural. Y a la distinción, de la que no nos hemos librado hoy, entre gitanos “buenos” y gitanos “malos”, en función de si se pliegan más o menos a las costumbres payas, que evidentemente no viene de la nada.
En el siglo XIX llegó el liberalismo diciendo que “todos somos iguales”, también los gitanos. Sobre el papel, claro. En la práctica, siguieron el control y la persecución, ahora a través de leyes contra la vagancia y el orden público, convirtiéndose la Guardia Civil en la pieza clave de esa vigilancia constante. Sí, amigas, la Guardia Civil, como los Borbones, no tiene parte de la historia que sea buena. Y mientras se reprimía a quienes no encajaban en el modelo de la persona trabajadora, dócil y asentada, el Estado y el mercado convertían “lo gitano” en folclore nacional cuando les venía bien. Represión por un lado, apropiación cultural por el otro.
En el siglo XX la cosa no mejoró. En España, el franquismo fue muy represivo con el pueblo gitano, hasta el punto de que su “vigilancia escrupulosa” figuraba por escrito en el Reglamento de la Guardia Civil de 1943. Y en Europa, el nazismo llevó el antigitanismo hasta el exterminio, con cientos de miles de personas romaníes asesinadas en lo que se conoce como el Porrajmos o el Samudaripen (el equivalente a la Shoah de los judíos). Y si nos vamos a épocas ya muy recientes, pues tenemos casos de esterilizaciones forzadas de gitanas en Europa central, segregación escolar condenada por tribunales de derechos humanos, expulsiones masivas de gitanas en Francia e Italia… La historia de represión contra el pueblo gitano nunca acaba, y si seguimos sin enseñarlo en el colegio e institutos, si continuamos la estela del “algo habrán hecho”, su persecución nunca acabará. Porque no es que algo habrán hecho, es lo que durante siglos y siglos se les ha hecho a ellas y a ellos. El trono sobre el que se sienta Felipe y antes su padre el Emérito, se alza sobre miles de vidas rotas. Y no busquéis, jamás han pedido perdón ni lo harán.
Nos hemos acompañado en esta sección de la voz de Esma Redzepova, no solo canta así de bonito en lengua romaní sino que fue activista por la emancipación de los derechos de las mujeres gitanas. Esperamos que os haya interesado este tema tanto como a nosotras, La Gran Redada es uno de esos silencios estratégicos de nuestra historia, como tantos otros. Os dejaremos, como siempre, más información para quienes queráis profundizar.
Tras una semana de parón por un muy buen motivo (se abre en una pestaña nueva), volvemos a la rutina y lo hacemos con el Radiojaputa 266. Empezamos el podcast de esta semana con un capítulo de la historia de España muy silenciado: la Gran Redada, que es como se conoce al intento de genocidio de las gitanas y gitanos por parte de los Borbones en 1749.
Seguimos con vuestros mensajes. En esta ocasión, hablamos de la Tertulia Feminista Les Comadres (se abre en una pestaña nueva), histórica asociación asturiana que cada año entrega los Premios Comadre de Oro 2026, y que este año ha premiado a Barbi en la categoría de activismo y comunicación, ocasión que nuestra amiga, directora de Radiojaputa, rompedora de familias, madre de feminazis y señora de los comunismos, ha aprovechado para salir ya del todo del anonimato acudiendo a recoger el premio en persona. También explicamos qué es eso del Premio Felpeyu y por qué este año ha recaído en Bayer y su lamentable anuncio en el que habla del olor de nuestras vaginas. La ética a la hora de invertir, el Caso Epstein y la necesidad de compartir y organizarnos, son otros de los temas que tratamos esta semana y que no te puedes perder.
En la sección de hoy nos visita Belisa García, que viene con la sección “Yo no soy esa” (se abre en una pestaña nueva) bajo el brazo para hablarnos de una realidad dura y, cómo no, invisibilizada: violencia sexual hacia las mujeres y niñas con discapacidad y cómo se las gasta la justicia en estos casos.
Cerramos con un audio de buen rollo, con la música de Marisa Valle Roso (¡otra de las Comadres de Oro 2026!), con agradecimiento y con la promesa de escucharnos muy pronto, como siempre, en este bote salvavidas.. a la deriva feminista.
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REFERENCIAS
Un libro de historia: Antonio Gómez Alfaro, La gran redada de gitanos: España, prisión general de gitanos en 1749, Presencia Gitana Editorial, 1993.
Un artículo académico: María Jesús Márquez García, “Los gitanos y gitanas de España a mediados del siglo XVIII. El fracaso de un proyecto de “exterminio” (1748-1765) (se abre en una pestaña nueva)”, 2015.
Un artículo periodístico: Cuando España intentó exterminar al pueblo gitano (se abre en una pestaña nueva), por Fran Serrato, El País, 30 de julio de 2020. Disponible en: (se abre en una pestaña nueva)
Un libro: Raúl Quinto, Martinete del rey sombra, Jekyll & Jill, 2023.
Un documental: Gran Redada Gitana: Historia de un genocidio, dirigido por Pilar Távora, estrenado en el Festival de Sevilla en 2025.
Algunos libros más generales sobre el antigitanismo y la lucha del pueblo gitano: