Hoy, 13 de noviembre, se cumplen 33 años del secuestro de Miriam, Toñi y Desirée, posteriormente llamadas “Las niñas de Alcàsser”. Para las compañeras que han crecido en otros países, un breve contexto: eran 3 adolescentes, de 14 y 15 años, que hacían autostop en su pueblo para ir a una discoteca a las afueras. Corría el año 1992. Fueron recogidas en un coche por dos hombres, Antonio Anglés y Miguel Ricart. Solo os diré que fueron secuestradas, violadas, torturadas y asesinadas. Y digo “solo” porque los medios españoles de la época, carroñeros pero masivamente sintonizados por la sociedad del momento, repitieron hasta la saciedad, con pelos y señales, absolutamente todas y cada una de las torturas a las que fueron sometidas las 3 niñas.
A eso se suma que el principal autor material de los hechos, Antonio Anglés, sigue a día de hoy en paradero desconocido. Se dieron alas a todo tipo de teorías, tanto en los medios, como en la calle. Daba igual si tu madre te prohibía ver ese tipo de contenido, porque no se hablaba de otra cosa en la calle, en el colegio, en los bares: se repetían no solo las torturas que sufrieron Miriam, Toñi y Desirée, sino que se comentaba el dolor de todos sus familiares, radiados por los medios en programas de día y de noche. Os animo a ver el documental “El Caso Alcàsser”, en Netflix, para que veáis por vosotras mismas hasta qué punto pueden llegar los medios de comunicación, y quizás así entendáis cómo nos golpeó a todas y cada una de nosotras.
Esta intro no pretende ahondar en los crímenes, ya todas sabemos y recordamos mucho más de lo que necesitamos, da igual el tiempo que pase, todas tenemos imágenes imposibles de borrar. La sociedad supo más de lo que nadie merecía saber. Toñi, Miriam y Desirée vivieron lo peor que puede vivir nadie y, fue tan desquiciado, que nos golpeó a todas de una manera que, quizás, ni siquiera hayamos entendido en toda su complejidad. De esto mismo queremos hablar en esta introducción; queremos hacer un breve análisis de dos cosas:
El crimen de Alcàsser fue cometido por dos hombres, pero después fue usado por toda una sociedad para educar en el miedo a las niñas, adolescentes y mujeres. Una sociedad sin conciencia de qué era el machismo, de cómo opera, por lo tanto, era una sociedad que condenó a las víctimas y a las víctimas potenciales: es decir, todas nosotras.
En ningún momento esa sociedad adoctrinada en la ideología machista miró a los hombres como culpables, sino que recurrió al cuento de siempre, el de los monstruos. Los torturadores, violadores y asesinos de Miriam, Toñi y Desirée no eran hombres, sino una especie de “todo lo contrario”: eran monstruos.
Lo que sí tenía claro todo el mundo es que nosotras sí éramos niñas y mujeres, y que, por tanto, todas podíamos ser las siguientes. Un padre, un hermano, un novio, un marido nunca eran potenciales asesinos, yo, tú, mi hermana, tu prima, nuestra madre, sí éramos, sin excepción, potenciales asesinadas. Todas podríamos ser víctimas de algún monstruo, pero de ningún hombre. Es curioso, porque para tratarse de animales casi mitológicos, nadie pensó que fueran escasos: al contrario, se asumió que podían estar en cualquier lugar, salir de cualquier sombra, de cualquier rincón, y hacernos desaparecer en un parpadeo. Así que la presión sobre nuestros cuerpos y nuestras mentes se intensificó hasta el punto de moldearnos en torno a aquel crimen.
Fuimos controladas, adoctrinadas, acusadas, reprendidas, atemorizadas y castigadas por la vecindad, por las maestras, por los padres, por los vecinos… Porque cuando no sabes apuntar a los culpables y a las causas de según qué actos, y mitificas el horror hasta deshumanizarlo, lo único que puedes hacer para evitar el daño es encerrar a la princesa en lo alto del castillo.
Pero las princesas queríamos vivir, salir, jugar, queríamos dormir tranquilas, queríamos libertad para explorar el mundo, y lo queríamos a pesar del miedo inculcado, a pesar del recuerdo de un crimen que nunca presenciamos pero del que teníamos imágenes claras grabadas a fuego, con las que aún convivimos.
En esa España no se hablaba del peligro que representaban los hombres: se hablaba del peligro que corríamos nosotras.
Nos dijeron que lo que teníamos que hacer era cuidarnos, no salir solas, no hablar con desconocidos, no fiarnos de nadie, no provocar. “Mira lo que lleva puesto esa”, “luego que si la violan”, “no vayas allí, está muy lejos”, “no vayas sola, tampoco acompañada”… claro, ese elemento fue importante: ir acompañada de tus amigas ya no era seguro de nada, nos dimos cuenta siendo tan pequeñas que aun estando acompañadas se nos consideraba a solas.
El mensaje fue claro: siempre habrá monstruos, contra eso no se puede luchar, son como los fenómenos naturales, sólo prevenir, así que cambiad vosotras, todas, adaptaos, temed, controlaos a vosotras mismas y unas a otras, estad siempre alerta.
El caso Alcàsser fue, en realidad, una campaña espontánea nacional de reeducación femenina. Una demostración pública de lo que podía pasarnos si nos salíamos del guion. Y funcionó.
A las niñas y adolescentes de entonces (y a las mujeres del momento y a las que vendrían después) se nos disciplinó en el miedo. Durante años, los nombres de Toñi, de Miriam y de Desirée se usaron para controlarnos, para justificar la jaula invisible en la que querían meternos, con más o menos éxito, para recordarnos que nuestra libertad siempre estará bajo amenaza.
No sé hasta qué punto este tipo de hechos y su tratamiento en los medios configuró las mentes de aquellas niñas que ahora son madres. No sé hasta qué punto estos crímenes, que ocurren en todos sitios, pueden estar relacionados con el hecho de que las niñas y los niños ya no salen solos a la calle, ya no deciden cuándo salen y cuando entran de sus casas, ya no hay plazoletas a las que bajar a jugar. No sé cuánto afectó, pero estoy segura de que sí lo hizo.
Y mientras un pequeño porcentaje asesina, el resto se beneficia del control que esos crímenes generan. El miedo no solo nos quita libertad a nosotras; redistribuye el poder y los recursos a favor de ellos.
La violencia extrema actúa como una amenaza constante que disciplina nuestras vidas, y esa disciplina sostiene su comodidad, su autoridad y su dominio.
Los hombres que asesinan están en la punta del iceberg, pero los que no matan ni violan se benefician de los efectos que esos crímenes producen: el miedo que nos encierra, la dependencia que refuerza sus roles, el silencio que garantiza su impunidad cotidiana.
Los varones de la cúspide están aupados en hombros de aquellos que callan, que ven y hacen como que no, que permiten que otros hombres, delante de ellos, insulten, menosprecien, cosifiquen. Cuando no demuestran rechazo a sus colegas puteros, cuando ven porno, cuando se ríen de memes sexistas, están formando parte del andamiaje social que hace que la violencia machista exista y, en última instancia, acabe matando. Si no peleas activamente contra el sistema de alguna manera, lo estás abonando. Si no rompes con la complicidad, eres cómplice.
El caso Alcàsser no fue solo el asesinato de tres niñas. Acabó siendo una lección social impartida a todas nosotras: una advertencia colectiva para que aprendiéramos a vivir con miedo. Y lo aprendimos.
Pero también aprendimos otra cosa.
Aprendimos que el miedo no desaparece cuando a una la encierran, al revés, se hace enorme, ingestionable.
Aprendimos que la única forma de deshacernos de él es mirarlo de frente, ponerle nombre y compartirlo con las demás. Y hacer que el miedo se vuelva rabia.
Quiero pensar que crímenes como aquel, y otros que vinieron, sirven también para que haya mujeres que analicen la realidad desde otro prisma, que hablen con otras, que piensen juntas, y lean a más mujeres que también piensan, y concluyan que no, que no puede recaer sobre las víctimas lo que hacen los hombres, que hay que señalar al foco del problema, a la raíz.
Y todo esto siempre fomenta que no temamos, sino que nos cuidemos las unas a las otras, inventando redes donde antes solo había advertencias y rivalidades.
33 años después, seguimos viviendo en un mundo donde los hombres matan, violan y torturan, pero ya no son entendidos como monstruos que salen de entre las sombras, sino hombres que hacen vida en las mismas calles, casas y puestos de trabajo que las demás.
Han pasado 33 años y quisiera quedarme con la idea de que, con aquel miedo, nosotras acabamos construyendo rebeldía, y no sumisión, como les hubiera gustado.