Cómo nos afecta a las mujeres la crisis de la vivienda en España

“Todos los españoles tienen derecho a una vivienda digna y adecuada”, dice la Constitución. Pero ese derecho, como sabemos, no es una realidad. La vivienda en España no es un derecho, sino una mercancía más. Y encima una de las más expuestas a la especulación. El mercado inmobiliario funciona como un casino: están quienes ponen las reglas y reparten las cartas (el entramado político-económico capitalista). Están los jugadores profesionales (fondos buitre, promotoras, plataformas turísticas y grandes tenedores) que asumen riesgos calculados y pueden permitirse perder, y que se llevan fenomenal con los que ponen las reglas, como poco. Y luego estamos el resto, que si accedemos a una vivienda a precio de oro y con una hipoteca para media vida, lo vivimos casi como un premio. ¿Por qué? porque hay millones de personas que ni pueden entrar a jugar. 

Fijaos: un tercio de las viviendas que se están vendiendo en España se pagan al contado, sin hipoteca: una señal clara de compras masivas por parte de fondos de inversión. La inversión en viviendas para alquiler se ha incrementado un 87% en los últimos cinco años en España, el segundo país donde más ha crecido. ¿Y quién compra vivienda para alquilar? Pues el capital extranjero representa el 80% de esas inversiones.

Os voy a leer algunos titulares en prensa de estos últimos meses para que tomemos el pulso a la situación:

  • “La vivienda se encarece en España más del doble que en Europa” (eldiario.es)
  • “Los hogares ricos multiplican la compra de vivienda como inversión por la alta rentabilidad del alquiler” (El País)
  • “Los españoles necesitan 52 años de sueldo para comprar una casa y el 100% de su salario mensual para alquilar” (Cadena SER)
  • “Cáritas destina ya la mitad de sus ayudas en la vivienda en varias ciudades”,… Y podríamos tirarnos así el podcast entero, claro.

En la última década, los alquileres en España han subido un 94%. De un precio medio de algo más de 500 euros, a más de 1000 euros al mes. Sin embargo, los salarios, no. El salario medio bruto en España ha subido entre un 25-30% en la última década, o sea, entre 3 y 4 veces menos que los alquileres. Hace veinte años, la mitad de la población por debajo de los 30  años ya tenía casa en propiedad. Hoy, solo uno de cada cuatro. De hecho, la edad media hoy día para comprar una vivienda supera ya los 40 años. Y en las grandes ciudades la situación es aún más jodida.

El problema de la vivienda es estructural, profundo, y toca muchas capas: podemos hablar aquí desde la gentrificación y de esos alquileres turísticos, que vacían barrios enteros para llenarlos de maletas y negocios que venden cero productos de utilidad (como tiendas de repostería de mascotas, tiendas de muffins, de polos, o el formato Tigers y Ale-Hop) hasta la parálisis política más que evidente, que no sabe ni quiere frenar la especulación o garantizar una vivienda pública suficiente, transparente y accesible. 

Este problema no es exclusivo del sector privado: incluso las empresas públicas de vivienda han asumido la lógica especulativa. En Madrid, la Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo (la misma que vendió más de mil VPO a un fondo buitre durante el mandato de Ana Botella, operación luego anulada por la justicia) ha intentado desalojar a inquilinos con contrato vigente para vaciar un edificio, llegando incluso a generar ruido nocturno constante como forma de coacción. En ciudades como Valencia ocurre lo mismo con sus sociedades municipales de vivienda. Os invitamos, en este sentido, a leer Violación Nueva York, donde Jana Leo cuenta cómo consigue que condenen a su casero por hacer tan inseguro el barrio donde vivía para echar a las residentes y poder subir los precios, que un hombre consigue colarse en su casa sin esfuerzo y acaba violándola. Este libro, realmente, está escrito con una capacidad analítica pasmosa, Jana Leo disecciona su violación desde fuera, y la relaciona magistralmente con la gentrificación y las tácticas de los grandes tenedores para expulsar a quienes se niegan a dejar sus alquileres.  

Dicho esto, nosotras queremos mirar la crisis de la vivienda centrándonos en las mujeres, porque como todo en la vida, esta crisis no castiga a todos por igual, y nos golpea con especial dureza, y de forma sistemática, a nosotras. 

Como ya sabéis, en España la desigualdad económica entre hombres y mujeres sigue siendo brutal. En España, los hombres cobran, de media, alrededor de un 16% más que las mujeres (2023), y eso que la brecha salarial está bajando. Y si miramos las pensiones, la diferencia es aún más obscena: según los últimos datos publicados por el Instituto de las Mujeres en 2025, la pensión media de una mujer en España está en torno a los 1.000 euros mensuales y la de un hombre supera los 1.500. Esto tiene consecuencias directas en el acceso a la vivienda. Menor poder adquisitivo significa menor autonomía, menor capacidad de elección, menor libertad. Y dentro de este marco desigual, hay mujeres aún más expuestas: migrantes, jubiladas con pensiones mínimas, madres monomarentales, víctimas de violencia machista… 

Una de las desigualdades más claras que se está consolidando en España es la que separa a quienes alquilan de quienes pueden comprar una vivienda. Y el primer grupo (el del alquiler) está claramente feminizado. Según los últimos informes publicados por Fotocasa, el 53% de quienes buscan vivienda en alquiler son mujeres, pero en cambio el 54% de los compradores son hombres. Si nos fijamos en la juventud, donde el acceso a la vivienda es especialmente difícil, la brecha se agranda: entre los 18 y los 24 años, más del 80% de la demanda de alquiler viene de mujeres.

Los hogares encabezados por mujeres están entre los más golpeados por la crisis de la vivienda. El 80% de los hogares monoparentales en España son, en realidad, monomarentales: sostenidos por una mujer, como vimos en el Radiojaputa 118, precisamente un especial sobre familias monomarentales. Pues bien, la mitad de estos hogares están en riesgo de pobreza o exclusión social, y dedican una parte desproporcionada de sus ingresos al alquiler o la hipoteca. La situación es insostenible cuando hablamos de madres que además están en situación de desempleo: según un estudio del Observatorio de la Vulnerabilidad, el 87.5% tienen problemas para pagar la vivienda. La vivienda es, con mucha diferencia, el gasto que complica la vida a más mujeres en esta situación. Pensemos en los precios medios del alquiler en las ciudades grandes… ¡Si muchas veces son imposibles de pagar en pareja y con dos sueldos, imaginemos lo que es hacerlo estando en paro y con criaturas a nuestro cargo! Creo que hay que estar ahí para imaginarse siquiera esa angustia. La crisis de la vivienda en España, evidentemente, tiene un impacto enorme sobre la salud mental, en general. 

Otro sector especialmente afectado es el de las mujeres víctimas de violencia machista. El miedo a quedarse en la calle es uno de los obstáculos más frecuentes que mencionan cuando se les pregunta por qué no denuncian. Porque en la práctica muchas veces es la víctima la que tiene que salir huyendo del hogar para protegerse. Y ahí empieza otra forma de violencia: la del sistema que no garantiza una alternativa habitacional digna. Las víctimas se encuentran muchas veces atrapadas, sin un lugar donde ir y sin posibilidad de acceder a un mercado que pide poco menos que sangre de unicornio para alquilar (contratos, nóminas, avales…). Se le suma la nueva moda normalizada de no admitir niños y niñas en los alquileres. Tan normalizada que se anuncian así. Para que ni llames molestando, vamos. Por si fuera poco, muchas veces tampoco hay plaza en un centro de acogida cercano. 

Las mujeres también somos más vulnerables a los desahucios. Los datos sobre desahucios que da el Consejo General del Poder Judicial no desglosan por sexos, pero tanto expertas como organizaciones tipo Amnistía Internacional coinciden en señalar que hay más mujeres desahuciadas que hombres. Especialmente de los grupos vulnerables que hemos apuntado: madres solas, pensionistas, víctimas de violencia y también migrantes y mujeres con discapacidad. 

El racismo inmobiliario es otra barrera importante para las personas migrantes y también para las españolas racializadas. Se enfrentan a una cantidad de problemas a la hora de alquilar que se suman a la especulación y a los precios imposibles. 

Y hay una cara feminizada de la crisis de la vivienda que no se menciona casi nunca y que es la laboral. Los pisos turísticos que proliferan como setas hay que limpiarlos muy a menudo, después de que sale un turista y entra el siguiente. Los limpian, para sorpresa de nadie, fundamentalmente mujeres, que cobran, atención, un 25% menos que las camareras de piso de los hoteles, las kellys, y sufren condiciones laborales aún peores. 

También son las mujeres quienes han estado en primera línea de la resistencia. Ahí está el Sindicato de Inquilinas: una organización asamblearia y autofinanciada que ha plantado cara a fondos buitre, por ejemplo impulsando acciones judiciales, y que promovió en plena pandemia, en 2020, la huelga de alquileres que presionó al gobierno para tomar medidas que pusiesen freno a los desahucios. No obstante, ahora estamos viviendo un nuevo repunte de los desahucios: en 2024 aumentaron un 3.4%.

Y no quiero terminar esta introducción sin hablar del sinhogarismo. En el Radiojaputa 188 tenéis más información, pero no quería acabar sin recordar que si es un fenómeno históricamente masculinizado, es por factores como la mayor prevalencia de adicciones o el hecho de que muchas mujeres, en situaciones extremas, acaban en relaciones de dependencia antes que en la calle, donde su vulnerabilidad se multiplica. Pero aun así el sinhogarismo femenino existe y además está creciendo claramente en España. Según los últimos datos del INE, de 2022, una de cada cuatro personas sin hogar en España es una mujer.

Así que, amigas, ya lo veis: la crisis de la vivienda tampoco es neutra. No afecta a todo el mundo por igual. Golpea más a las mujeres, atrapadas entre salarios más bajos, cargas de cuidados desiguales y violencia institucional. 

Nos ha acompañado la voz de la cantautora de folk y blues Malvina Reynolds con “Little Boxes”, “On the Rim of the World” y “It Isn’t Nice”, tres canciones que denuncian la sociedad acomodada, la precariedad y el sinhogarismo. También el precio tan caro que se paga al hacer activismo pero como ella misma dice en sus letras: “si ese es el precio de la libertad, no nos importa”.

REFERENCIAS