Historia de una intersección. Es un trocito de historia muy interesante y muy nuestro, de las mujeres. Un trocito de historia sobre cómo el feminismo encontró al antiespecismo, y sobre cómo bastantes pioneras de la defensa de los derechos de las mujeres percibieron de una forma muy temprana que su lucha encajaba como un puzzle con la renuncia a consumir productos animales.
Si hablamos de movimientos feministas organizados con objetivos políticos, el primer gran referente es siempre el movimiento sufragista. Sobre todo, el sufragismo británico.
Un aspecto no tan conocido sobre las sufragistas británicas es que muchas fueron vegetarianas y estuvieron vinculadas a movimientos que hoy llamaríamos animalistas. Esta realidad empezó a llamar la atención de la sociedad inglesa sobre todo cuando, a principios del siglo XX, el sufragismo optó por llevar a cabo acciones violentas para lograr sus objetivos. Bastantes suffragettes acabaron yendo a prisión, y allí el tema de la alimentación se convirtió en un nuevo campo de batalla. Por un lado, porque hubo sufragistas que recurrieron a la huelga de hambre como forma de protesta, pidiendo ser reconocidas como presas políticas. Y por otra parte, porque muchas reclamaron también que el sistema carcelario les facilitase una alimentación vegetariana. Estas mujeres tuvieron que enfrentarse a la incomprensión, en el mejor de los casos, y a la tortura en el peor. Algunas de las que intentaron hacer huelga de hambre fueron víctimas de protocolos de alimentación forzosa absolutamente brutales que no vamos a describir, y que les dejaron graves secuelas. Y por lo que se refiere a las que solicitaron dietas vegetarianas, pues se encontraron de todo. Nos encontramos de todo hoy, imaginad entonces.
Algunas de las sufragistas que vivieron aquello dejaron luego constancia en libros de memorias y en entrevistas. Entre las suffragettes vegetarianas más famosas había mujeres como Lady Constance Bulwer-Lytton, que habla de este tema y del de la alimentación forzosa en su libro “Prisons and Prisoners”. Constance fue una luchadora incansable que, además, durante su tiempo en prisión adoptó un seudónimo para evitar ser reconocida y recibir así un trato de favor, porque procedía de una de las familias más poderosas de Inglaterra. Otra sufragista muy conocida fue Charlotte Despard, una de las fundadoras de la Liga por la Libertad de las Mujeres, que fue una escisión del grupo de Emmeline Pankhurst. Esta mujer fue también una activa militante comunista y animalista, y llegaría a presidir la Sociedad Vegetariana Londinense. También Victoria Lidiard, que fue la última suffragette famosa, ya que falleció en 1992 a los 102 años, fue una vegetariana convencida de las que se negaron a consumir carne durante su paso por prisión.
La verdad es que los ejemplos son muy numerosos. Y es que no estamos hablando de una cuestión de mera coincidencia de feminismo y vegetarianismo en unas cuantas personas. Hablamos de que ya por aquel entonces, sobre todo dentro del contexto anglosajón, muchas feministas habían empezado a conectar aspectos de la opresión de los animales y el trato que el sistema patriarcal les daba, con la opresión que ellas mismas sufrían como mujeres. Además, algunas creían que promover determinados tipos de dieta vegetariana, muy basadas en frutos secos, fruta y alimentos crudos, ayudaría a liberar a las mujeres de la esclavitud de las cocinas. La Unión Social y Política de Mujeres y otras organizaciones sufragistas de la época, incluían en sus mítines y reuniones demostraciones de comida vegetariana. Y, de hecho, celebraban algunos de sus encuentros en los pioneros restaurantes vegetarianos que estaban empezando a abrirse en grandes ciudades como Londres.
Para muchas feministas de finales del siglo XIX y principios del XX, además del vegetarianismo, que era la forma más visible de compromiso personal con el bienestar animal, la lucha antiespecista se completaba con la militancia en el movimiento anti-vivisección, que tenía bastante fuerza por aquel entonces. Ese movimiento, como su propio nombre indica, se oponía a la utilización de animales para la experimentación y en particular a las cirugías en vivo que se les practicaban para estudiar el funcionamiento de los órganos. Ideológicamente el movimiento anti-vivisección era un cajón de sastre, allí había feministas pero también por ejemplo fundamentalistas que se oponían a la vivisección pero por motivos religiosos. El protagonismo de las feministas era grande. La prueba más evidente es que la primera sociedad anti-vivisección del mundo, la británica, fue fundada en 1875 por una sufragista: Frances Power Cobbe. Y muy pocos años después, en 1883, fue también otra sufragista, Caroline Earle White, la que creó la Sociedad Americana contra la Vivisección en los EEUU. Ambas instituciones siguen existiendo a día de hoy, por cierto.
De todas formas, si tuviéramos que destacar a una feminista militante contra la vivisección y además vegetariana, esa sería Anna Kingsford. Anna no solo fue una de las primeras mujeres que logró graduarse en Medicina en el Reino Unido, sino que además fue la primera persona que lo consiguió sin practicar operaciones a animales vivos. Y era además una activista del vegetarianismo: su disertación de fin de carrera fue sobre la alimentación vegetariana, y en 1881 fundó la Sociedad para la Reforma Alimentaria, con la que se dedicaba a promover el vegetarianismo a través de reuniones y conferencias. Murió muy joven, en 1888, así que no llegó a participar en los momentos más duros de la lucha sufragista, pero durante su vida también fue muy activa en la defensa de los derechos de las mujeres.
La militancia del movimiento contra la vivisección en el ámbito anglosajón era mayoritariamente femenina… vaya, como lo sigue siendo a día de hoy en cualquier parte del mundo donde miremos. En aquella época, a finales del siglo XIX, se criticaba de hecho a los activistas varones contra la vivisección acusándolos de ser poco masculinos, y se decía que en las sociedades anti-vivisección solo había “señoras viejas de los dos sexos”. De la relación entre el consumo de carne y la masculinidad ya hemos hablado también, tenéis de hecho uno que va de esto mismo, el Radiojaputa 26. Ese tipo de críticas se extendían también al vegetarianismo, y ayudaron a dejarle claro a las feministas antiespecistas de la época que estaban en el camino correcto. Es decir, aunque no lo tuvieran tan elaborado, razonado y explicado como lo tenemos hoy, ellas ya veían claramente que había una relación estrecha de la opresión de los animales y el consumo de carne con la masculinidad. Y si nosotras hoy ya lo tenemos ampliamente razonado, es también gracias a que ellas dieron los primeros pasos.
En definitiva, esos momentos de finales del siglo XIX y principios del XX, en el ámbito anglosajón fundamentalmente, son claves en la intersección entre la lucha feminista y la antiespecista. Esos vínculos se pueden rastrear hacia atrás en el tiempo para encontrar precedentes. Y la primera gran mujer de esta genealogía particular seguramente sea la novelista inglesa Aphra Behn, que vivió entre 1640 y 1689. Virginia Woolf en Una Habitación propia, escribió: “Todas las mujeres juntas deberían ir a lanzar flores sobre la tumba de Aphra Behn, pues fue ella quien les enseñó que tenían derecho a permitir que sus mentes hablasen”. Aphra Ben es considerada hoy la madre de la novela inglesa moderna. Además, fue una pionera de la lucha antiesclavista (el racismo, otra pata del patriarcado como lo es el especismo) y de la defensa de los derechos de las mujeres y de los animales: Aphra también se hizo vegetariana en los últimos años de su vida.
A principios del siglo XIX, tenemos otra referenta inmensa, Margaret Fuller, autora del libro “La mujer en el siglo XIX”. Margaret fue la primera mujer a la que se le permitió acceder a la biblioteca de Harvard, y no fue la única barrera que rompió. Fuller también abrazó el vegetarianismo y se mostró crítica con el asesinato masivo de animales para alimentar a los seres humanos, especialmente a ellos, a los hombres, que como sabéis consumen más carne que nosotras. Y no es casual.
Y a partir de mediados del siglo XIX, la lista de mujeres conocidas que fueron activistas feministas, animalistas y vegetarianas se dispara. Sobre todo porque fue en esos momentos cuando el vegetarianismo se fue asentando como un movimiento más o menos organizado. Sabemos que fueron vegetarianas las hermanas Brönte, por ejemplo, o también Louisa May Alcott, la autora de “Mujercitas”. Alcott, de hecho, procedía además de una familia de pioneros del vegetarianismo: su padre fundó una comunidad rural utópica vegetariana en Massachusetts en la década de 1840.
Luego, ya con posterioridad a toda esa etapa, se han seguido tejiendo cada vez más y más vínculos entre feminismo y antiespecismo, y entre feminismo y opciones alimenticias vegetarianas y veganas. Que hay que puntualizar, por cierto, que el término vegano no aparece hasta la década de 1940. Antes de eso se hablaba en general de vegetarianismo, no se hacían diferencias. O sea, había gente cuya dieta realmente era vegana, pero el término no existía y muchas veces no sabemos con exactitud si algunas de las pioneras de estos cambios en la alimentación consumían, por ejemplo, lácteos. El caso es que esas relaciones entre feminismo y antiespecismo se siguieron desarrollando y, sobre todo desde la década de 1970, cada vez más feministas han ido pidiendo que el antiespecismo tenga un lugar en la agenda feminista, igual que están otras formas de opresión patriarcales. Por desgracia, como los animales no tienen voz, fingimos que tampoco tienen deseos, intereses o derechos a no ser mutiladas, desmembradas, separadas de sus crías al nacer y explotadas a niveles inimaginables.
Han surgido muchas corrientes y grupos ecofeministas y feministas antiespecistas, y cada año que pasa, la cifra de veganas y vegetarianas crece, cambio climático también mediante. Este crecimiento, en la mayoría de los países, tienen además del sexo, un componente muy marcado, el de la edad, y es que hablamos sobre todo de mujeres muy jóvenes. Hay esperanza.
REFERENCIAS