Estamos en Asia, en los años 30. Japón se ha metido en una línea política ultranacionalista, militarista y expansionista. En 1931 invade Manchuria, se la quitan a China y establecen allí un Estado títere. Y poco después, en 1937, inicia una invasión a gran escala de China. Ese año tiene lugar la famosa Masacre de Nankín, que entonces era la capital china. Los japoneses la conquistaron y asesinaron a más de 200.000 civiles, además de violar a, se cree, unas 20.000 niñas y mujeres.
Se suele considerar que esa masacre fue el punto de inflexión que llevó al gobierno japonés a establecer un sistema de esclavitud sexual para disfrute de los militares, con el argumento de que así se elevarían los ánimos de los militares pero se evitarían las violaciones a mujeres y niñas locales. A las explotadas y violadas en ese sistema se las conoce como mujeres de consuelo o de confort, y a ellas les vamos a dedicar la intro de hoy.
Para ser precisas, hay que decir que la explotación sexual militar en Japón existía antes de 1937, aunque no fuera algo a gran escala. De hecho, parece que tenía cierto arraigo en la cultura japonesa, y que incluso en la época feudal existía la costumbre de que cuando un ejército conquistaba una ciudad, las autoridades de esa ciudad facilitaban niñas y mujeres prostituidas a los militares para evitar que violasen a las locales. Lo que se estableció desde 1937 y duró hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, ya sí fue algo generalizado y perfectamente organizado. De enormes proporciones. Niñas y mujeres jóvenes, de entre 14 y 20 años la mayoría, aunque se conocen casos hasta de pequeñas de 11 años, fueron arrancadas de sus hogares y llevadas a prostíbulos situados en las zonas del frente, donde fueron violadas sistemáticamente por soldados japoneses hasta que murieron o hasta que se acabó la guerra y fueron liberadas.
Procedían de zonas ocupadas y explotadas por los japoneses. La mayoría de Corea, que funcionaba como una colonia japonesa desde 1910, y a medida que Japón fue conquistando otras zonas, pues también de esos lugares: chinas, tailandesas, filipinas o indonesias sufrieron también esta explotación. Se las sacaba de sus casas de multitud de maneras que os recordarán a cualquier historia sobre la trata actual, solo que esta vez había todo un Estado detrás moviendo los hilos. Muchas eran engañadas, se les ofrecía ir a trabajar a fábricas japonesas donde cobrarían un buen salario. A otras se las extorsionaba, se las amenazaba por ejemplo con hacer daño a su familia si no se iban con los japoneses. Y las hubo también que fueron directamente secuestradas por la fuerza.
Es imposible establecer una estimación totalmente fiable del número de niñas y mujeres esclavizadas sexualmente por los militares japoneses, porque el Ministerio de Guerra trató de eliminar toda la documentación comprometida cuando vio que Japón iba a perder la guerra. Además, muchas mujeres de consuelo murieron durante la guerra, y las supervivientes generalmente prefirieron ocultar a sus familias por lo que habían pasado. Las cifras más bajas que se han dado hablan de unas 20.000 mujeres y no son nada creíbles, porque proceden de académicos japoneses que intentan minusvalorar todo esto porque es una vergüenza nacional para Japón. Por otro lado, se ha llegado a sugerir la cifra de medio millón de mujeres de consuelo. La mayor parte de las estimaciones, no obstante, hablan de un cuarto de millón de niñas y mujeres. Hay que añadir, además, que la prostitución dirigida específicamente a los militares japoneses no acababa con estas llamadas mujeres de confort. Estuvo también el fenómeno de las prostitutas de lujo para los altos oficiales y funcionarios de las zonas ocupadas. Estas eran a veces mujeres de origen europeo, que les resultaban más atractivas o exóticas a los japoneses, y sus condiciones de vida eran mejores que las de las mujeres de consuelo, claro. Por ejemplo en Indonesia se explotó para esa prostitución de lujo a mujeres de origen holandés, y es que Indonesia fue una colonia holandesa hasta que Japón la invadió.
Después de sacarlas de sus hogares, a las mujeres de consuelo las metían en barcos y las distribuían por los diferentes prostíbulos militares, que eran de distinto tipo y tamaño. Los había gestionados directamente por el Ejército y los había de gestión privada. Algunos tuvieron al frente a proxenetas occidentales que vieron una oportunidad de enriquecerse y de llevarse bien con los japoneses. Cada esclava sexual solía tener un pequeño cuartucho con una cama y un retrete, donde recibía a los soldados. El nivel de explotación, vejación y tortura al que se las sometía pone los pelos de punta. Vamos, es que supera lo imaginable.
Hablamos de una industria de la violación. Dependiendo de la zona donde estuviera el burdel y de la época, cada una de esas mujeres podían ser violadas hasta más de 50 veces diarias. En épocas en las que había más soldados de permiso, los fines de semana normalmente, hay testimonios de supervivientes que hablan de hasta 100 violaciones en un solo día. Para que pudieran aguantar les inyectaban morfina, y alrededor de un par de veces al mes les inyectaban también lo que se conoce como “salvarsán” o “compuesto 606”, que servía para tratar enfermedades venéreas (se usaba sobre todo como tratamiento para la sífilis), provocaba abortos espontáneos y dificultaba el embarazo. Además, tenía efectos secundarios serios a largo plazo, porque en su composición hay arsénico. A algunas de esas mujeres la posibilidad de un embarazo no les afectaba porque el Ejército las había esterilizado antes de meterlas en los prostíbulos, pero a otras sí.
Chung Seo-Woon, una de las víctimas supervivientes de aquello, lo recuerda así: “En Yakarta, unas 3000 niñas fuimos esterilizadas. Lo hizo un médico del Ejército japonés. No sabía qué hizo con la máquina que puso en mi vagina, pero sangré mucho. Luego me enteré de que era la esterilización (…) Me pusieron un nombre japonés, Kukuko. De media, venían unos 50 soldados japoneses al día, 100 en los fines de semana. Cuando me desmayaba, el soldado encargado me echaba agua encima. También me ponían inyecciones de morfina. Los fines de semana, por las mañanas, me ponían inyecciones de manera anticipada, por la fuerza, quisieras o no”.
Esto es muy duro, amigas, decirlo en voz alta es muy doloroso, pero creo que debemos saberlo. Para tenerlas, al menos, en nuestra memoria.
Muchas mujeres de consuelo murieron en aquellos prostíbulos: víctimas de enfermedades, o por las palizas que les daban, o porque se suicidaban, algo que debió ser bastante frecuente, o también sencillamente por los bombardeos de los aliados, porque como os decíamos, los burdeles estaban cerca de las zonas de frente. Las que sobrevivieron quedaron con secuelas psicológicas y físicas de por vida, obviamente.
En los Procesos de Tokio, que fueron el equivalente para Japón de los Juicios de Núremberg para los nazis, el Tribunal Penal Militar que investigó los crímenes de guerra japoneses fue bastante benévolo, básicamente por influencia de los EEUU. Ejemplos claros, pues hubo crímenes como la guerra bacteriológica y química que se dejaron fuera del proceso, o el hecho de que al emperador de Japón se le eximió de toda responsabilidad y siguió reinando hasta su muerte en 1989. Hubo que esperar hasta principios de los años 90 para que el tema de las mujeres de consuelo se pusiera de verdad bajo el foco y el escrutinio públicos. Y eso sucedió sobre todo a partir de que, en 1991, una de las supervivientes de aquella atrocidad, Hak-Soon Kim, se atreviera a demandar al Gobierno japonés. Los japoneses primero negaron todo, pero ante las pruebas evidentes, en 1993 reconocieron la implicación del Estado en esos crímenes y emitieron una especie de disculpa no oficial a través del entonces Ministro de Estado. Pero al mismo tiempo, Japón se negó a compensar a las supervivientes, argumentando que con los juicios y acuerdos que hubo en la Posguerra cualquier tipo de responsabilidad había quedado ya saldada.
A día de hoy, en la sociedad japonesa hay una corriente revisionista e incluso negacionista de los crímenes de guerra cometidos en la Segunda Guerra Mundial. Igual que en Alemania hay negacionistas del Holocausto o gente que dice que se ha exagerado su importancia, pero con la diferencia de que en Japón esta gente tiene más peso que en Alemania, en realidad. Entonces, no solo ha habido académicos que han intentado reducir muchísimo las cifras de mujeres de consuelo, sino que ha habido también políticos y personajes públicos muy importantes que han afirmado que aquello fue cosa de empresas privadas y que el Estado no tuvo nada que ver, por ejemplo. También los hay que niegan que pasase directamente. Las supervivientes mintieron todas.
Durante las últimas cuatro décadas, se ha estado presionando a Japón para que asuma de verdad su responsabilidad desde organismos como la ONU y desde gobiernos como el de Corea del Sur. La mayor parte de las mujeres de consuelo eran coreanas, del sur y del norte, pero ha sido Corea del Sur la que desde los años 90 ha invertido más en investigar aquello y ha impulsado varios procesos judiciales contra Japón. Hicieron un censo de víctimas supervivientes, a las cuales dieron una pequeña pensión, pusieron en marcha una especie de museo para no olvidarlo nunca y fundaron la llamada “Casa Compartida”, un lugar donde algunas supervivientes sin recursos pudieron ir a pasar sus últimos años de vida. Japón siguió negándose a pedir disculpas públicas y a ofrecer compensaciones a las víctimas durante años, hasta que finalmente en 2015 crearon un pequeño fondo de 1.000 millones de yenes (7.5 millones de euros) para pagar a las supervivientes, que en ese momento, obviamente, ya eran muy poquitas. En 2019, por ejemplo, quedaban únicamente 20 antiguas mujeres de consuelo surcoreanas con vida, y a mediados de 2023 ya eran solo 9. Además, todavía no se ha logrado que Japón emita una disculpa oficial. Corea del Sur ha intentado también sin éxito que algunas empresas privadas japonesas paguen compensaciones por la mano de obra esclava, hombres y mujeres, a la que sometieron a trabajos forzados durante la guerra, o sea que por desgracia el de las mujeres de confort no es el único crimen de guerra que ha salido gratis.
REFERENCIAS