Historia de cómo se ha tratado a las mujeres en el climaterio

El término Menopausia se creó en el siglo XIX y viene del griego: menos (que significa mes); y pausis (cese). En sentido estricto, nombra el día exacto de la última menstruación. Sí, podríamos celebrarlo como un cumpleaños si nos diera la gana. En la práctica, se considera que una mujer ha entrado en menopausia cuando cumple 12 meses sin regla y se prolonga durante una serie de años, dependiendo de cada mujer.

Y llamamos perimenopausia (las que disteis griego recordaréis que el prefijo peri-, significa “alrededor de”), al proceso en el que la función ovárica va apagándose y aparecen los síntomas asociados al vaivén hormonal que sufre el cuerpo, y abarca desde los primeros signos y cambios en el ciclo hasta un año después de la última regla. El término general que usamos para todo el periodo, que incluye peri y menopausia, es el climaterio. Que también viene del griego, porque nuestra lengua es puro griego, amigas, griego y latín. Klimaktēr significa escalón, gradación.

La edad de la menopausia ha sido sorprendentemente estable a lo largo de los años. Aunque en muchas sociedades antiguas la esperanza de vida fuera más baja que ahora, la mayoría de las mujeres dejaban de ser fértiles en torno a los 50 años, igual que hoy. Otra cosa son las menopausias tardías o la menopausia precoz; que también las ha habido siempre. Esta última, ya lo veremos, implica riesgos de salud importantes y es la que suele tratarse con terapia hormonal de manera más sistemática.

Lo que sí ha cambiado entre unas sociedades y otras, es cómo se ha interpretado la menopausia, interpretaciones orientadas por el tipo de patriarcado del momento. En las sociedades que redujeron de forma casi total el rol de las mujeres a la reproducción, la menopausia equivalía a una muerte social: si ya no eras fértil, dejabas de contar. En cambio, en culturas donde las mujeres tenían un papel fuerte en la transmisión de saberes o en la educación comunitaria, la menopausia no suponía una degradación tan marcada. Además, esta percepción dependía también de cómo cada sociedad entendía la vejez. Y ahí sí que hay algunas diferencias más objetivas con la actualidad: hoy, con cincuenta años, puedes estar perfectamente en un momentazo de tu vida, con menos cargas y más estabilidad; pero en cambio en el Neolítico, por ejemplo, en ningún caso eso era una posibilidad, llegar a los 50 te situaba en la categoría de «anciana».

Ya en el Antiguo Egipto, sabemos que se distinguía entre “mujeres rojas”, las que menstruaban, y “mujeres blancas”, que ya no lo hacían. Los papiros recogen incluso referencias a sofocos y sudores, es decir, síntomas perfectamente reconocibles de ese tránsito a la menopausia. En Grecia, los textos hipocráticos describían el climaterio y lo interpretaban desde el llamado paradigma humoral. Sabéis que entonces se creía que la salud dependía del equilibrio entre cuatro humores, que eran la sangre, la bilis amarilla, la bilis negra y la flema. Pues los varones, porque eran todo señoros, interpretaban la menstruación como una forma de “purificación” que eliminaba la mala sangre. Por tanto, dejar de menstruar se consideraba peligroso. Es gracioso, porque ellos no sangran en ningún momento pero al parecer es que venían puros de fábrica.

Cuando entró en escena el cristianismo, se ahondó en la moralización. El teólogo Clemente de Alejandría, por ejemplo, aconsejaba evitar las relaciones sexuales con mujeres menopáusicas. Yo calculo que muchas mujeres estarían deseando llegar a la menopausia con tal de que el marido las dejara en paz. Pero el trasfondo es el mismo de siempre: todas las funciones de nuestro cuerpo son problemáticas, malignas o amorales, siempre que vengan de esos órganos que ellos no tienen.  

Ya en la Europa medieval y renacentista, la interpretación de la menstruación estuvo muy subordinada a la religión. La fertilidad se entendía como un don divino que marcaba el “rol natural” de la mujer; y cuando desaparecía, también lo hacía, según esta lógica, su valor social. Por ejemplo, en la Ley Sálica de los francos (un pueblo germánico), se establecía que matar a una mujer embarazada debía ser indemnizado con una cantidad de dinero mayor que matar a una mujer que ya había tenido hijos; y con una cantidad más de tres veces superior a la que se pagaba por la muerte de una mujer que ya no podía procrear. 

Además de que sus vidas valían una mierda, sobre las mujeres sin regla recaían muchos miedos y fantasías persecutorias. La figura de la bruja cristalizó en ese imaginario: mujeres viejas, autónomas y con saberes propios. El patriarcado proyectó sobre ellas su miedo a las mujeres que dejaban de ser definidas y controladas por su función biológica y que aun así reclamaban autoridad y presencia social.

Hay una copla anónima que dice: “En la raíz de un olivo yo escondí toda mi ciencia, y se la vino a encontrar una gitanilla vieja”. Esa imagen transmite muy bien la figura tristemente marginada de mujer, gitana y vieja como guardiana de un saber ligado a la tierra y a la experiencia. La tragedia es que muchas sociedades han temido siempre esa figura tan valiosa pero, por suerte, también ha habido otras que la han valorado. En varias culturas precolombinas, en tradiciones paganas europeas o en algunas sociedades africanas, por ejemplo, las mujeres en menopausia y posmenopausia ocupaban papeles relevantes, como el de sanadora, consejera o educadora. No se las trataba como cuerpos “fallidos” o “inservibles”, sino como mujeres que eran figuras de autoridad. Eso sí: parte de estas culturas eran ágrafas, de las que reconstruimos su visión a través de testimonios indirectos y no conocemos todos los detalles que nos gustaría sobre este tema.

A finales del siglo XVI, el inglés Reginald Scott publicó El descubrimiento de las brujas, un intento pionero de desmontar la creencia en la brujería. Pero este señor seguía atrapado en el viejo esquema de los humores y de la patologización de la menopausia: atribuía las supuestas “alucinaciones” o “alteraciones mentales” de mujeres menopáusicas no a la brujería, sino a los vapores generados por la sangre menstrual “retenida”. La modernidad llegaba poco a poco, pero el prejuicio era tan poderoso, que ni queriendo defendernos lo conseguían.

Hasta bien entrado el siglo XVIII, la sangre menstrual seguía considerándose tóxica. Persistía la idea de que la regla “purificaba” el cuerpo y que, al desaparecer, esos fluidos se acumulaban provocando todo tipo de males. Con estos mimbres ideológicos, no es de extrañar que para “tratar” los signos de la menopausia se recurriera a practicar, literalmente, sangrías a las mujeres. 

En el siglo XIX, Occidente entró en una era científica y empezó a mirar el cuerpo femenino desde una óptica médica moderna… o eso decían los médicos y los científicos. Porque la realidad es que la ciencia llegó, sí, pero no se usó para eliminar los prejuicios machistas, así que coexistieron la ciencia (para lo que interesaba) y los prejuicios (para lo que convenía). La menopausia fue entendida entonces como una enfermedad, y afamados médicos como Tilt o Clouston intentaron clasificar sus signos: cefaleas, trastornos circulatorios, atrofia genital y hasta la célebre “locura climatérica”; toda una etiqueta para patologizar cualquier desviación del ideal femenino. En paralelo, florecieron pseudoterapias de lo más pintorescas: la opoterapia, con preparados hechos a partir de ovarios de animales; tratamientos con morfina para calmar los malestares emocionales y nerviosos que se asociaban a la menopausia; o incluso el llamado “hielo intravaginal”, también para apaciguar síntomas psíquicos. No se los podrían haber metido por el…

Con la llegada del siglo XX el marco interpretativo apenas cambió, no te creas: la menopausia siguió entendiéndose como patología. En 1919, Gregorio Marañón, en su libro Edad crítica, describía el climaterio como una crisis endocrina, metabólica, neurovegetativa y psicológica. Gregorio Marañón es que directamente creía que las mujeres éramos biológicamente inferiores, vaya, el tío, con su parada de metro en mitad de la capital de España. En definitiva, nada escapaba a la etiqueta de “crisis”. Freud, otro misógino de manual, asociaría la menopausia a psicosis, neurosis y melancolía. Con semejantes referentes, no sorprende que en 1977 la menopausia acabara entrando en la Clasificación Internacional de Enfermedades. Ayer, como quien dice.

Desde esa mirada patologizadora surgieron las terapias hormonales sustitutivas, que luego se han resignificado. Inicialmente, su objetivo claro era restaurar el supuesto estado “normal” previo de la mujer. Y de paso: vender. Vender hormonas bajo la promesa de una “feminidad eterna”. Hoy el enfoque de la terapia hormonal ha cambiado, pero no adelanto nada porque hablaremos sobre ello con nuestras expertas invitadas. 

La OMS no corrigió la clasificación de la menopausia como enfermedad hasta 1996, cuando por fin la definió como un proceso fisiológico más. Ese giro no cayó del cielo, claro, sino que fue una conquista del feminismo, fruto del trabajo de investigadoras y profesionales de la salud que empezaron a mirar el climaterio sin los filtros del patriarcado, de historiadoras y científicas sociales que desmontaron la caricatura manipulada de la mujer menopáusica como loca, melancólica o bruja insoportable. Y, por supuesto, de activistas feministas y de tantas mujeres que, cada vez más presentes en lo público, demuestran a diario que las mujeres en el climaterio y después de él son mujeres activas, capaces y tan valiosas (o más, la verdad) que los varones de edades similares.

Nos queda un último asunto por tratar, que es si existen hoy culturas que sean un referente positivo en cuanto a poner en valor el climaterio o facilitar el tránsito por esta etapa. Y aquí queremos ser prudentes: no hay una respuesta rotunda. Sí sabemos que en algunas sociedades las mujeres reportan menos algunos síntomas del climaterio (sobre todo los sofocos y sudores nocturnos). Está documentado en varios países asiáticos o en países nórdicos, por ejemplo. El reto está en explicar por qué. Hay hipótesis biológicas que apuntan diferencias en la dieta, y hay hipótesis culturales que señalan que en ciertos contextos quizá hay menos estigma, menos presión y, por tanto, algunos síntomas se viven con más naturalidad. Si no te enseñan que algo es un “problema”, quizá no lo experimentes como tal, y eso ayude positivamente en la experiencia. Pero, siendo honestas, la evidencia todavía es limitada.

Cabe decir que algunos países están impulsando medidas concretas para mejorar la vida de las mujeres en esta etapa. En Reino Unido, en particular, varias universidades y empresas empezaron a adoptar protocolos laborales específicos para mujeres en el climaterio hace una década, más o menos, y esa iniciativa se ha ido extendiendo cada vez más. Una compañera nos preguntaba si estas medidas son realmente útiles o si pueden acabar estigmatizándonos. Bien, creo que el permiso por menstruaciones dolorosas uya ha sentado un precedente: las medidas en sí mismas no son nunca el problema, son herramientas útiles, y también una elemento visibilizar que no causan daño alguno, solo alivio a las afectadas. Para que sirvan, eso sí, tienen que estar diseñadas por mujeres y con perspectiva feminista y aplicarse rodeadas de controles y garantías suficientes para que el empleador de turno no tenga la libertad de discrminarte por ello. Son políticas que pueden hacerse, implementarse, y el mundo no implosiona.

Queda mucho por hacer. El climaterio, como todo lo relacionado con el cuerpo de las mujeres, sigue estando infraestudiado, ignorado, banalizado y despreciado. La medicina sigue tomando el cuerpo del varón como medida de todas las cosas, y las sanitarias y sanitarios siguen aprendiendo en facultades donde el cuerpo de las mujeres es como el de hombre con algunas cosas más. 

REFERENCIAS

INTRODUCCIÓN

Material que puede ser de utilidad:

REFERENCIA ENTREVISTAS ENDOCRINAS

Información y redes sociales de las invitadas

Carme Valls

Clotilde Vázquez

Gemma Parramón

Sara Tabares

Azahara Nieto

INDIS Y CUÑAS