Saltamos de nuevo de continente para visitar Papúa Nueva Guinea, que aunque es el segundo país más extenso y poblado de Oceanía, con 9 millones de habitantes, es un país muy desconocido para esta otra parte del planeta. Además, como vamos a ver, Papúa Nueva Guinea es uno de los lugares del mundo donde las mujeres más sufren la opresión sexual.
Empezaremos destacando que Papúa no es un régimen dictatorial, que siempre sabemos identificar de inmediato con situaciones insufribles para las mujeres. El país se independizó de Australia en los años 70 -aunque sigue reconociendo como soberana a la reina de Inglaterra- y funciona como una democracia parlamentaria, al menos sobre el papel.
Hay medios críticos con el gobierno, más o menos independientes, y se celebran elecciones cada cinco años con multitud de partidos. Es verdad que los procesos electorales suelen tener irregularidades, porque es un país con muchísima corrupción, pero aun así los parlamentos resultan ser muy plurales. De hecho, tan plurales que nunca hay mayorías importantes y los gobiernos son de coalición y nacen de pactos muy amplios.
Esta pluralidad se explica por la inmensa diversidad de Papúa Nueva Guinea, hablamos de un mosaico étnico y cultural en el que conviven tradiciones, costumbres, lenguas, instituciones e incluso leyes muy distintas. Para que nos hagamos una idea, en Papúa hay unas mil culturas diferentes y más de 800 lenguas.
En las zonas más rurales y remotas del país, y particularmente en la región de las Tierras Altas, la capacidad de actuación del Estado es reducida. Como en cualquier país, las culturas tradicionales papúes es la misoginia. En el ámbito político nos encontramos con que Papúa Nueva Guinea es uno de los países donde las mujeres están menos representadas. Actualmente, entre los 111 parlamentarios no hay ni una sola mujer, y desde 1975 sólo ha habido siete mujeres parlamentarias. En la última década se han debatido propuestas para reservar constitucionalmente un porcentaje de los escaños a mujeres, y también para obligar a los partidos a incluir -al menos- a un 10% de mujeres en sus candidaturas. Ninguna de estas propuestas ha salido adelante a día de hoy.
La ausencia de mujeres en las instituciones es un síntoma claro de la opresión que luego sufren en todos los ámbitos. Las cifras de violencia machista que conocemos son tremendas. Y digo que conocemos porque las instituciones no son transparentes en cuanto a la publicación de datos sobre desigualdad en general. Una encuesta de hace tres años revelaba por ejemplo que un 56% de las mujeres de entre 15 y 49 años habían sufrido violencia física. En la franja de edad de entre 15 y 18, el 38% la habían sufrido en los doce meses previos a la encuesta. Otros estudios han sacado a la luz datos como que el 41% de los hombres papúes admiten haber violado. Esto es así sin mencionar zonas como las Tierras Altas, donde el grado de violencia machista se dispara aún más.
Un aspecto particular y brutal de esa violencia machista son las cazas de brujas. En nuestro especial de fin de año dedicado a este tema, dijimos que esta práctica misógina no había desaparecido en algunos países. Papúa Nueva Guinea es uno de ellos. Hasta 2013 estuvo vigente una Ley de Brujería que establecía diversas penas para lo que aquí llamaríamos “magia negra”. Pero el problema de los linchamientos, las torturas y las persecuciones hacia las mujeres ni nacía de esa ley ni ha desaparecido al derogarse, ya que estos fenómenos se dan sobre todo en comunidades aisladas que se rigen por sus propias leyes tradicionales y donde el Estado, como decíamos, tiene poca capacidad de actuación. Naciones Unidas estima que podría haber hasta 200 asesinatos vinculados a acusaciones de brujería cada año. Las víctimas de estos asesinatos machistas suelen ser mujeres en situación de vulnerabilidad: mayores sin descendencia, madres solteras o mujeres con discapacidad intelectual.
En los últimos años, varios grupos de mujeres papúes se han organizado para luchar contra la violencia machista. Uno de los más conocidos es el movimiento “Legado de Leniata”, que toma su nombre de Kepari Leniata, una madre de 20 años que fue torturada y quemada viva en 2013 acusada de haber hechizado a un niño.
También se están poniendo en marcha programas nacionales y nuevas leyes para combatir la violencia sexual y la violencia dentro de los hogares, y se han ampliado los delitos punibles en estos ámbitos, empezando por ejemplo a contemplarse como delitos las violaciones dentro del matrimonio. Pero en general son pasos insuficientes que tienen luego muchos problemas de aplicación práctica en diversos rincones del país, donde lo que impera es el silencio y la connivencia social generalizada para con la violencia machista. Aun así, hay algunas organizaciones de activistas locales trabajando dentro de estas comunidades remotas para apoyar a las víctimas y promover cambios.
También se están llevando a cabo iniciativas para combatir la violencia contra las mujeres en ámbitos concretos. Por ejemplo, con el apoyo de ONU Mujeres a partir de 2014 se han puesto en marcha autobuses para uso exclusivo de mujeres y niños después de que una encuesta revelase que un 90% de las mujeres y niñas de la capital, Puerto Moresby, habían experimentado acoso o violencia al utilizar el transporte público. Y parece que esta iniciativa sí está dando muy buenos resultados.
En las comunidades rurales más aisladas se mantienen usos y costumbres misóginas como la poligamia para los hombres, el “excrex”, que es un pago que el novio paga a la familia de la novia, o los matrimonios concertados. Todas estas prácticas ponen de relieve la situación de absoluto sometimiento de las mujeres. La complejidad del sistema legal, en el que se mezclan leyes tradicionales propias de cada territorio y leyes de carácter estatal, hace difícil progresar hacia una mayor igualdad
En los últimos años, el gobierno de Papúa Nueva Guinea ha reconocido que los matrimonios forzados, concertados y tempranos son un problema grave y ha anunciado reformas para prohibir cualquier matrimonio previo a los 18 años de edad. Sin embargo, estas reformas todavía no se han implementado y la realidad es que en zonas rurales se siguen dando estas prácticas de forma habitual, considerándose que una niña está lista para casarse tan pronto como tiene el periodo.
Otros temas, como el divorcio, las custodias de los hijos o el adulterio también son tratadas de forma diferentes según las leyes tradicionales de cada zona, y de nuevo de forma distinta por las leyes estatales. Por mencionar algunos casos más concretos que igual son ilustrativos, diremos que en algunas comunidades, una mujer que quiera separarse tiene que devolver antes el dinero que su marido pagó a su familia para casarse con ella. Igualmente, si deja al marido puede que tenga que abandonar también a sus hijos porque se considere que pertenecen al clan del marido. También es posible, por ejemplo, que un marido abandone a su mujer y a sus hijos y que, cuando esa mujer reconstruya su vida con otro hombre, la familia del marido que la abandonó la denuncie por adulterio y se la condene a pagarles una compensación económica.
Y terminamos con un par de apuntes más. El primero, sobre los problemas de atención sanitaria que sufren las papuanas sobre todo en las zonas más remotas, donde por ejemplo las tasas de mortalidad materna son altísimas. Además, también se producen muchas muertes por abortos clandestinos practicados en condiciones insalubres e inseguras, porque como ya habréis suponiendo el aborto es ilegal en Papúa y está penado con cárcel. Hay que decir que Papúa es un país muy cristiano y esa moral cristiana se mezcla también con todos esos usos y costumbres misóginas que os comentaba, e influye, claro, como cualquier religión en el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos. Solo es legal en caso de que peligre la salud de la madre, pero no en caso de violación.
Sobre orientaciones sexuales distintas a la heterosexualidad, pues nada bueno que contar. La homosexualidad está penada con cárcel.
La única nota semi-positiva, es que el gobierno sí parece estar poniendo bastante empeño en favorecer el acceso igualitario a la educación. Pero en ese ámbito hay también muchísimos problemas con el acoso, la violencia y la discriminación en los propios centros escolares.
Como siempre os dejaré más información bajo el reproductor de este podcast para que profundicéis si queréis. Siempre os intento poner contenido de autoras del propio país, para que escuchéis sus historias en primera persona, pero en el caso de Papúa ha sido todo un reto. Lo que de verdad nos gustaría es tener recursos y un equipo amplio que nos permita, por ejemplo, entrevistar y traducir directamente a mujeres de cada país que recorramos, pero este sigue siendo un proyecto humilde y hasta aquí llegamos. Si te gustamos, si te aportamos y tú puedes, ayúdanos a crecer, compañera, sin vosotras, nada.
REFERENCIAS: